Monday, June 19, 2006

Ibèric, mascle i cristià

Sobre todo cristiano. Yo creía no serlo, en fin, realmente no lo soy: toda la liturgia me resbala, mis conocimientos sobre historia sagrada están basados en "La vida de Brian", las monjas me dan miedo (en serio) y cuando veo a un tipo vestido con sotana me pregunto qué razones le habrán llevado a tomar ese camino. En los oficios religiosos a los que he ido (dos entierros) no he sabido como comportarme, bueno, en realidad sí, callado e intentando pasar desapercibido. No sé casi nada sobre catolicismo (en el plano de la fe y los ritos me refiero). Es como con el queso, no sé nada sobre quesos, tan sólo sé que no me gusta.

Al poco de que mi relación con Alemania empezara, hará unos cuatro a~nos, empecé a notar los síntomas: entonces, como ahora, no era católico pero, co~no, lo parecía.

De golpe me vi metido en una inmersión cultural que no me supuso mayores problemas que los relacionados con el substrato católico que, insconscientemente, he adquirido durante mi educación. Todo iba como la seda hasta que, como se suele decir, con la iglesia topábamos. Me di cuenta entonces de una cosa, yo no es que no fuera católico, en realidad yo no quería serlo. Creo que con paciencia he conseguido limar asperezas y cada día que pasa soy menos esa cosa que no quiero ser.

Esa iglesia con la que me topaba, esos momentos de duda que tenía, estaban casi siempre relacionados con la desnudez en público.

En Alemania, sobre todo en el este, la gente se ba~na en los lagos como le da la gana, es decir, puedes ba~narte con ba~nador o puedes ba~narte en bolas. Nadie te va a decir nada en ningún caso. Para esta gente, una playa nudista es una cosa bastante absurda. Recuerdo estar frente a un lago, bebiendo cervezas con mi pareja de entonces y unos veinte alemanes amigos de ella. Poco a poco la gente se fue despelotando y metiendo en el agua, no todos, algunos lo hicieron con ba~nador y otros, como yo, se quedaron en la orilla bebiendo cerveza. Fue toda una impresión para mi ver con qué naturalidad llevaban su desnudez, cómo llevaba yo la desnudez de mi novia entre desconocidos. Luego a jugar a bádminton, seguir bebiendo cerveza, charlar, lo que fuera, algunos seguían desnudos, otros no.

Me quedé pasmado de lo natural que era todo aquello, me refiero que no era para dar la nota ni porque estuviéramos en una playa nudista, era simplemente que hacía calor y la gente se quiso ba~nar, a unos les apeteció hacerlo en desnudos, a otros con ba~nador. En ese instante entendí que por mucho que no quisiera ser católico, algo arrastraba en el subconsciente. Fue bastante irritante.

Ayer fue día de lago otra vez, mi pareja es otra y yo cada día soy menos católico. Me alegro.

Monday, June 05, 2006

No hago otra cosa que pensar en ti

Hay momentos en los que hay que matar el tiempo, curiosa expresión, cuando todo el mundo sabe que es el tiempo el que nos mata a nosotros y no al revés. Nos llenamos de tiempo, que no es otra cosa que vida, por eso es injusto pensar que un anciano tiene poca, en realidad tiene más vida que nadie.

Intentaba terminar un café con leche y un libro, Corazón tan blanco. Un libro sin forma, en el mejor sentido de la expresión, sin aristas que nos muestren la dirección, un montón de rodeos sobre la misma cosa (en Rayuela queda más claro todavía), desde las primeras páginas nos están contando lo mismo, visto desde varias perspectivas a la vez, y aun así tenemos la sensación de estar avanzando. Eso es lo que hace a un libro un buen libro (y que me perdone si alguien con verdadero criterio literario lee esto, mi cabeza no da para más y esto son sólo opiniones), que avanzas, que mientras lees te desplazas, frase a frase, hacia esa otra orilla que es dónde estuvo, o está todavía, el escritor.

Intentaba terminar el libro, me quedaban pocas páginas por leer, pero desistí. Hay libros que merecen ser terminados de leer en mejores circunstancias. Un viejo bigotudo, parecía Asterix de anciano, borracho a las doce del mediodía, hablando en voz alta con los camareros, liándola que diríamos en mi barrio, en el que era mi barrio, repitiendo dos veces las frases, Eh! Du, Vixer!, Eh! Du, Vixer!, soltando carcajadas de fumador, satisfecho con sus ocurrencias, Was für'n Laden ist das?, Was für'n Laden ist das?, y yo le miraba de reojo, disimulando, no quería darle a entender que buscaba conversación, y podía verle el enorme anillo violeta que llevaba en la mano derecha. Mezclaba las frases que leía con las que oía, aún escritas en diferentes idiomas las mezclaba, leía a Luisa decir Wo ist dein Chef, eh?, Wo ist dein Chef, eh?, mientras escuchaba a Ranz confesarle su crimen al camarero.

Un libro se puede empezar a leer en casi cualquier situación, tan sólo se requiere de un mínimo de luz, pero acabarlo es otra cosa, sobre todo si es un buen libro, uno de esos con los que avanzas, a uno le interesa llegar siempre en las mejores condiciones al otro lado, cuando empezamos un viaje pensamos en el destino y no en el lugar que dejamos atrás. A nadie le interesa llegar a puerto en brazos de un Asterix borracho, con mal aliento, ganas de gresca y un enorme anillo violeta en la mano derecha. Es por eso que dejé de leer y me concentré en el café con leche.

A mi derecha había un tipo joven con aspecto de haber pasado muy mala noche, bebiendo una cerveza, la última de una serie que comenzó la noche anterior, escribiendo sobre un pedazo de papel con un pulso incontrolable. Ojeras rojas, un cigarrillo tras otro. Bebía tragos muy cortos, cada sorbo de cerveza le debería estar sentando como veneno, pero la costumbre es la costumbre y seguía tragando. Se balanceaba en equilibrio precario sobre un taburete alto, frente a la barra, a mi derecha, adquiriendo poco a poco la imagen de un animal enfermo que se retuerce sobre si mismo. A veces se quedaba mirando a alguien, su expresión era hostíl, decía Pero tú qué haces aquí o Ni te acerques o Mi tesoro, lo decía con la expresión de la cara, no abrió la boca más que para fumar o beber en el rato que compartimos en la barra del bar, y creo que me miró con esa misma expresión a mí también, aunque yo evitaba el contacto no fuera que pensara que quería conversación. Se quedaba ensimismado, se le entreabrían los labios, se le entrecerraban los párpados y cabeceaba bruscamente, perdía el equilibrio, el poco que le quedaba, y se agarraba con la mano a la barra del bar. Reparaba de nuevo en la hoja arrugada que tenía frente a él y reanudaba la escritura, con pulso incontrolable.

Pagué el café y volví andando a casa, con el libro por terminar debajo del brazo, abrigado hasta el cuello porque este junio es el junio más frío que jamás han registrado en Berlín.