El viernes, a eso de las nueve de la noche, mientras tocaba la guitarra en la cocina, el cánon de Pachelbel para más señas, disfrutando de la sonoridad de la vivienda ahora que vuelvo a estar solo, mis compañeros de piso están de viaje, recibí una llamada de El Vikingo, respondiendo así al mensaje que le había enviado una hora antes comentándole mi predisposición para salir a tomar algo y para desafiar a las circunstancias que nos acechan en cada esquina de esta primaveral ciudad.
Una hora más tarde estábamos El Vikingo, Virginia Woolf y yo frente a la parada del tranvía, esperando a que llegara el M10 y bebiendo una cerveza. En Berlín puedes beber cerveza en cualquier sitio. Las informaciones que me llegan sobre el tema son contradictorias, creo que nadie lo tiene realmente claro, pero parece ser que en realidad está prohibido beber en la calle. Sin embargo puedes comprar cerveza en casi cada esquina, bebértela tranquilamente mientras viajas en cualquier transporte público y no he visto nunca a ningún policía llamando la atención a nadie. Sentados ya en nuestro medio de transporte viajando hacia la Frankfurter Allee, dónde había una fiestecilla en la casa del novio de Virginia Woolf, me enteré de que tengo un doble en Michigan. Un amigo de ella resulta que es clavado a mí. Ahora entiendo esas miradas intrigantes que me dedica esta chica.
También me enteré de que El Vikingo se nos ha enamorado. Un martes estuve con él en el bar del ping pong, Doktor Pong se llama el sitio, y allí conocimos a un par de noruegas. Resulta que el tema con la morena ha ido a más, ahora son pareja, y el chico está que no toca el suelo cuando anda. Lo sorprendente, hasta cierto punto, es que, siendo El Vikingo sueco y, por consiguiente, habiendo crecido rodeado de suecas, ya me entendéis, me comente, con una sonrisa de oreja a oreja, que la chica es escandinava.
En definitiva, el tío está feliz, y eso siempre es algo bueno y contagioso.
La fiesta fue minimalista en intenciones y maximalista en resultados. En el piso éramos unas quince personas repartidas en cuatro habitaciones, de tres a cuatro personas por habitación, y en la habitación del novio de Virginia Woolf nos encontrábamos los cuatro, no es necesario repetir los nombres otra vez. El tiempo pasaba muy relajado, bebiendo cerveza, charlando, fumando, escuchando música. De repente se coló por la ventana, abierta para dejar salir el humo, que tres de las cuatro personas de la habitación generaban, una circunstancia, esta vez una de las buenas.
Mañana hay noche de Casino, te apuntas, me preguntó alguno de los otros tres, y yo, que por apuntarme, hasta a clases de tango si hace falta, dije, Aber klar.
Aunque conocía el significado de las palabras noche y casino y hasta de la palabra compuesta que oí en alemán, Kasinonacht, no estaba nada seguro de a qué me acababa de apuntar. Decidí interrogar a los presentes y lejos de aclararme las cosas, todo se volvió más complicado. Al día siguiente nos encontraríamos a las diez de la noche, en la Schönhauser Allee, los hombres con traje y corbata, ellas con traje de noche, para coger el metro hacia un casino que había en Wedding. Yo, lo de las corbatas no me lo creí, y decidí esperar al día siguiente para aclarar los hechos.
Volviendo a la fiesta en sus términos más lúdicos, y más minimalistas, comentaré que nos pegamos unos bailoteos de muerte, los cuatro que ahí habíamos, al son de la colección de CDs que el novio de Virginia Woolf tenía, maximalista, dando rienda suelta a los instintos rítmicos más profundos y despreocupados que se hayan visto a esta orilla del Rin. Tras una pausa nos reunimos en el comedor con un par de alemanes más, ella y él. Expliqué lo de la reunión de viajeros del tiempo, tema que causó furor y una discusión que sólo los alemanes pueden organizar, es decir, una de esas en la que se acaba sacando conclusiones.
La charla siguió y siguió y uno que había allí no paraba de repetir su teoría sobre el orden actual del mundo, con la determinación que el alcohol proporciona, que resumía siempre al final en estos términos, En el 2006 la tercera guerra mundial, ya verás. Sobre las cuatro me fui a casa, intrigado todavía por lo que me depararía el día de mañana, es decir, el sábado por la noche, noche de casino.
Habiendo llegado ya el sábado, sobre las siete de la tarde, me llamó El Vikingo para preguntarme si necesitaba ayuda con lo del traje y la corbata. Yo, que no me lo acababa de creer, le dije que se pasara por mi casa para ver qué se había puesto él. A las ocho llegó y, para sorpresa mía, iba hecho un pincel. Camisa, corbata, pantalón de pinza y un tres cuartos de color beige. Así que va en serio, le comenté. Media hora más tarde estaba yo hecho un pincel también, pantalones de pinza, camisa oscura, corbata marrón con franjas de colores y zapatos de la última boda.
A las nueve y media, en casa de El Vikingo, nos encontramos con La Vikinga, la reciente novia de El Vikingo, y, después de un poco de vino blanco italiano y de un poco de rock sueco de los sesenta, nos dirigimos, como tres pinceles, a la Schönhauser Allee, donde nos encontraríamos con Virginia Woolf, su novio y una chica alemana de la que, pensando ahora en la urgente necesidad de hacerme un TAC del cerebro, no recuerdo el nombre. Esta última persona, a la que llamaremos Nicole, había vivido hasta los dieciseis años en Barcelona, hablaba perfectamente el castellano (con un acento mejicano el origen del cual no me supo aclarar) y, como decía ella, També parlo el català pero una mica charnegu.
Lo que ya he dicho mil veces, aquí le das una patada a una piedra y te aparece alguien que habla castellano.
Reunidos frente a la estación de Schönhauser Allee, rodeados de toda la peña que se iba de juerga esa noche, ninguno con corbata, ninguno con traje, nadie con zapatos, parecíamos una expedición de familiares buscando una boda y que, finalmente, se han perdido. Yo me sentía bastante incómodo con mis pintas, en medio de Berlín, cogiendo el metro. Llegamos a la parada en cuestión, Wedding, y allí nos encontramos por casualidad con Michael Caine, un tipo inglés que siempre había pensado que era holandés. Para la ocasión se había vestido con un traje oscuro que se caía a trozos, una camisa violeta con dibujos chinos, zapatos negros, un paraguas y una gorra de béisbol. Decidí entonces que no tenía derecho a sentirme incómodo con mis ropas.
Llegamos al lugar. Resultó, ya me lo habian comentado durante el camino, que no era un Casino en toda regla, sino unas oficinas que una vez al mes abrían para organizar una noche de Casino, con ruleta y mesa de poker. Todo muy profesional, organizado y la gente, claro, se ponía las mejores ropas, o las ropas que mejor les parecía, para seguir el rollo. Una vez dentro del local, escondido en un laberinto de pasillos y edificios ruinosos, podías respirar un perfecto ambiente de los años sesenta, debido a los muebles, las cortinas y al tufo kitch que desprendíamos todos con los trajes y las corbatas.
Había una violinista y un pianista finlandeses interpretando tangos, una barra de bar con unas camareras que quitaban el hipo, una mesa de ruleta, la primera que veo en mi vida, tres crupiers, todos calvos, que se iban turnando en la ruleta, uno lanzando la bola y diciendo Jetzt nicht mehr, el otro controlando las fichas y repartiendo las ganancias, y la mesa de poker ocupada por la flor y nata del vicio de Berlín, lo mejor de cada casa, un ecosistema a parte dentro del propio ecosistema que ya representaba el casino respecto al barrio en el que estaba.
Al entrar debías comprar una ficha negra, que costaba cinco euros y que era obligatorio apostar. A la salida no te la cambiarían. Las bebidas había que pagarlas con fichas, no aceptaban dinero, una coca-cola costaba una ficha roja, un euro, un wisky una ficha roja y otra azul, un euro y dos euros respectivamente. Me dirigí a esa mujer, sentada en un taburete, en el extremo izquierdo de la barra, con un traje de una pieza de color rojo con brillos y corto, tan corto, que todos los hombres, y algunas mujeres también, al pasar y ver cómo cruzaba y descruzaba las piernas, muslos turgentes incluidos, se les paraba la respiración y pensaban, Ahora, ahora seguro que le veo el carné de identidad.
Me acerqué, decía, a esa mujer y, con un billete de diez euros en la mano, le dije en mi perfecto alemán, Yo querer cambiar fichas. Me sonrió y me cambió el billete por una cantidad indeterminada de fichas rojas y azules. Todavía sin haberme repuesto del impacto erótico de aquella mujer, me dirigí a la barra, que estaba a dos palmos a mi derecha, y decidí pedirme un Jack Daniels sin hielo que, por lo que pude suponer y comprobar más tarde, era la bebida oficial del evento. Me atendió una mujer rubia, con más curvas que la Rabassada, y con el escote abierto como la puerta de Brandenburgo, aguantando, sujetando, moldeando también, unos monumentos a la belleza, unas gemelas cíclopes, el jing y el jang, la turgencia hecha forma, las hastas del deseo, en definitiva, un par de tetas como dos monumentos. Levanté la vista, la camarera pasó el trapo sobre la barra para limpiar el charco de baba, y pedí la bebida. Giré la vista a la derecha y descubrí a la otra camarera, que iba igualmente equipada para el mundo actual.
Con mi Bourbon en la mano, me acerqué a la mesa de la ruleta, a ver qué se cocía por ahí. El funcionamiento del juego es tan simple como adictivo. Una ruleta con treinta y seis números, del uno al treinta y seis, de colores rojo y negro alternativamente, más el cero, de color verde, la banca gana. Puedes apostar a que saldrá un número par o un número impar. Si aciertas te llevas el doble de lo que has apostado ya que, según la fórmula del cálculo de probabilidades, es decir, casos favorables divididos por los casos posibles, tenemos dieciocho numero pares y treinta y seis números en total (el cero no cuenta, la banca gana), con lo que, si hacemos la división, obtenemos un cero coma cinco, del que, al hacer su inverso, es decir, dividimos uno por ese cero coma cinco, obtenemos el número dos, que indica nuestro premio, es decir, el doble de lo que habíamos apostado.
O más fácil todavía, o sale par o impar, una de dos, o me llevo a esa mujer, y el inverso de una de dos es dos de una, es decir, dos.
Puedes apostar también a que saldrá un número por debajo de dieciocho, manque, o por encima, passe, y puedes apostar por un número rojo o negro. En todos estos casos te llevas el doble de lo que habías apostado. Los números están agrupados en tres grupos, el de arriba, el de en medio y el de abajo. Puedes apostar a que el número estará en el primer tercio, en el segundo o en el tercero y, si aciertas, te llevas tres veces lo que habías apostado. Luego están los números propiamente, que están distribuidos en una cuadrícula que permite innumerables combinaciones. Podemos, por ejemplo, apostar a un número, esto es fácil de ver, y si ganamos nos llevamos treinta y seis veces lo que habíamos apostado. Podemos también apostar, con una sola ficha, o con un único grupo de fichas, a dos números a la vez, si ganamos nos llevamos dieciocho veces lo apostado, a cuatro números, nueve veces lo apostado, o ocho números, cuatro veces y media lo apostado.
Después del segundo Whiskey, habiendo entendido las reglas del juego, aposté una ficha roja, un euro, el menda no conoce la palabra riesgo y peligro es mi apellido, a que saldría rojo y salió un número negro.
Me fui de la mesa y me puse a hablar con Nicole. Me explicó que trabaja en un call-center para un servicio astrológico en Berlín. Ella atiende las llamadas de la gente que quiere reclamar un mal servicio, por ejemplo, que lo que le había dicho el astrólogo que iba a pasar no ha ocurrido. Entonces les han de devolver le dinero. Yo hay cosas que no acabo de entender.
Sin nada mejor que hacer, aposté la última ficha que me quedaba de los diez Euros que había cambiado y volví a perder. Asqueado del juego y de mi mala suerte, contradiciendo ya una de las reglas sagradas del universo, es decir, tenía mala suerte en el amor y en el juego, me fui al reservado, por llamarlo de alguna manera, para reunirme con Virginia Woolf, Nicole, Michael Caine, El Vikingo y la novia de Michael Caine, que ya dormía. Me estaba aburriendo en el local y eso no era justo. Después de un largo silencio, me dijo Virgina Woolf, Has apostado la ficha negra, No, todavía no, Yo tampoco.
Decidimos jugarnos los últimos y obligatorios cinco euros. Yo no sé dónde los puso ella, pero yo aposté, con una sola ficha de cinco euros, a dos números, el treinta y dos y el treinta y tres, poniendo la ficha encima de la linea que separa esos dos números en el tapete a la vez que, con mi pie izquierdo, machacaba tres o cuatro dedos del pie derecho de un tipo que tenía a mi izquierda.
El crupier giró la ruleta, con la profesionalidad y seriedad demostradas durante toda la noche, y lanzó la bola blanca, con un giro de muñeca magistral, por el borde invertido, girando ésta a toda velocidad en sentido contrario al del mecanismo que sostiene los números. Cuando la bola empezó a perder fuerza y declinaba hacia el centro del aparato, el crupier gritó Jetzt nicht mehr, que vendría a ser el Zurückbleiben pero referido a las apuestas, es decir, Ahora nada más.
La bola empezó a rebotar por los bordes que separaban los números, se podía oir el clic clac de los rebotes, todo el mundo se callaba cuando iba a salir un número, como si hablar en esos momentos tan tensos fuera a molestar a la pelotita, y finalmente se detuvo. Yo no veía el número desde mi posición, además la ruleta no paraba de dar vueltas de lo bien engrasada que estaba, así que esperé a que lo cantara el crupier. Zweiunddreissig, dijo. Me giré hacia Michael Caine y le dije, Me ha tocado. Él, que hasta el momento había perdido unos treinta euros, me preguntó que dónde había apostado y al señalarle yo el lugar dónde reposaban mis cinco euros en forma de ficha negra, me dijo, Man, that's a lot of money.
Efectivamente, un montón de dinero. Si habéis atendido al tema de las probabilidades de antes deberíais saber que mis cinco euros se habían multiplicado por dieciocho, dando como resultado la extraordinaria cifra de noventa euros.
El crupier empezó a retirar las apuestas que habían fallado, muchas, luego a pagar las ganancias más pequeñas y finalmente quedó mi ficha sola en medio del tapete verde, iluminada por la lámpara verde y observada por unos cuarenta pares de ojos. Se me hicieron eternos los dos minutos que tardó el crupier en reunir las fichas necesarias. La espera valió la pena. Ver cómo con ese palo de madera acercaba el montón de fichas de colores, alto como un rascacielos, junto a mi solitaria ficha fue impagable. Las fichas estaban sobre la mesa y yo debía hacer algo. Se hizo el silencio otra vez. La gente contuvo la respiración. Los niños dejaron de llorar. El piano y el violín callaron. La mujer del traje rojo y brillante se ajustó la falda, se mordió el labio inferior mientras jugeteaba con los dedos en el cazo de las fichas azules. El escote de la camarera casi reventó por el suspiro que estaba a punto de lanzar y yo, que estaba algo mal situado, le dije a Michael Caine, Acércame el dinero, por favor, que no llego.
La erótica del poder rezumaba por mis poros, mulatas con abrigos de piel, Cadillacs verdes, puros del tamaño de la torre Agbar, anillos de oro, cadenas de oro, fiestas salvajes, drogas, tráfico de drogas, la policía, un juicio, la cárcel, sodomización en las duchas... Me metí las fichas en el bolsillo y me encendí un cigarro.
Uno tras otro me felicitaron los amigos, poniendo los ojos como platos al enterarse de la cantidad de dinero que había ganado de una tacada, y yo les enseñaba el montón de fichas como si les estuviera mostrando una revista porno dentro de una iglesia. Me tomé con ellos una ronda, que pagué yo, y me dediqué a disfrutar del lugar, de la gente, de las camareras y de la chica que cambiaba las fichas. Sobre las tres de la madrugada quedábamos Michael Caine y otra chica norteamericana que no sé como se llama. El nombre de esta chica no lo he olvidado, el caso es que nunca me lo han dicho y yo nunca lo he preguntado. Decidimos irnos a casa y, bajo la lluvia, empezó a explicar esta chica que, habiendo estado en Las Vegas (Caesars Palace), y en el Casino de Montecarlo, este había sido de largo el casino más entretenido al que había ido.