Monday, June 19, 2006

Ibèric, mascle i cristià

Sobre todo cristiano. Yo creía no serlo, en fin, realmente no lo soy: toda la liturgia me resbala, mis conocimientos sobre historia sagrada están basados en "La vida de Brian", las monjas me dan miedo (en serio) y cuando veo a un tipo vestido con sotana me pregunto qué razones le habrán llevado a tomar ese camino. En los oficios religiosos a los que he ido (dos entierros) no he sabido como comportarme, bueno, en realidad sí, callado e intentando pasar desapercibido. No sé casi nada sobre catolicismo (en el plano de la fe y los ritos me refiero). Es como con el queso, no sé nada sobre quesos, tan sólo sé que no me gusta.

Al poco de que mi relación con Alemania empezara, hará unos cuatro a~nos, empecé a notar los síntomas: entonces, como ahora, no era católico pero, co~no, lo parecía.

De golpe me vi metido en una inmersión cultural que no me supuso mayores problemas que los relacionados con el substrato católico que, insconscientemente, he adquirido durante mi educación. Todo iba como la seda hasta que, como se suele decir, con la iglesia topábamos. Me di cuenta entonces de una cosa, yo no es que no fuera católico, en realidad yo no quería serlo. Creo que con paciencia he conseguido limar asperezas y cada día que pasa soy menos esa cosa que no quiero ser.

Esa iglesia con la que me topaba, esos momentos de duda que tenía, estaban casi siempre relacionados con la desnudez en público.

En Alemania, sobre todo en el este, la gente se ba~na en los lagos como le da la gana, es decir, puedes ba~narte con ba~nador o puedes ba~narte en bolas. Nadie te va a decir nada en ningún caso. Para esta gente, una playa nudista es una cosa bastante absurda. Recuerdo estar frente a un lago, bebiendo cervezas con mi pareja de entonces y unos veinte alemanes amigos de ella. Poco a poco la gente se fue despelotando y metiendo en el agua, no todos, algunos lo hicieron con ba~nador y otros, como yo, se quedaron en la orilla bebiendo cerveza. Fue toda una impresión para mi ver con qué naturalidad llevaban su desnudez, cómo llevaba yo la desnudez de mi novia entre desconocidos. Luego a jugar a bádminton, seguir bebiendo cerveza, charlar, lo que fuera, algunos seguían desnudos, otros no.

Me quedé pasmado de lo natural que era todo aquello, me refiero que no era para dar la nota ni porque estuviéramos en una playa nudista, era simplemente que hacía calor y la gente se quiso ba~nar, a unos les apeteció hacerlo en desnudos, a otros con ba~nador. En ese instante entendí que por mucho que no quisiera ser católico, algo arrastraba en el subconsciente. Fue bastante irritante.

Ayer fue día de lago otra vez, mi pareja es otra y yo cada día soy menos católico. Me alegro.

Monday, June 05, 2006

No hago otra cosa que pensar en ti

Hay momentos en los que hay que matar el tiempo, curiosa expresión, cuando todo el mundo sabe que es el tiempo el que nos mata a nosotros y no al revés. Nos llenamos de tiempo, que no es otra cosa que vida, por eso es injusto pensar que un anciano tiene poca, en realidad tiene más vida que nadie.

Intentaba terminar un café con leche y un libro, Corazón tan blanco. Un libro sin forma, en el mejor sentido de la expresión, sin aristas que nos muestren la dirección, un montón de rodeos sobre la misma cosa (en Rayuela queda más claro todavía), desde las primeras páginas nos están contando lo mismo, visto desde varias perspectivas a la vez, y aun así tenemos la sensación de estar avanzando. Eso es lo que hace a un libro un buen libro (y que me perdone si alguien con verdadero criterio literario lee esto, mi cabeza no da para más y esto son sólo opiniones), que avanzas, que mientras lees te desplazas, frase a frase, hacia esa otra orilla que es dónde estuvo, o está todavía, el escritor.

Intentaba terminar el libro, me quedaban pocas páginas por leer, pero desistí. Hay libros que merecen ser terminados de leer en mejores circunstancias. Un viejo bigotudo, parecía Asterix de anciano, borracho a las doce del mediodía, hablando en voz alta con los camareros, liándola que diríamos en mi barrio, en el que era mi barrio, repitiendo dos veces las frases, Eh! Du, Vixer!, Eh! Du, Vixer!, soltando carcajadas de fumador, satisfecho con sus ocurrencias, Was für'n Laden ist das?, Was für'n Laden ist das?, y yo le miraba de reojo, disimulando, no quería darle a entender que buscaba conversación, y podía verle el enorme anillo violeta que llevaba en la mano derecha. Mezclaba las frases que leía con las que oía, aún escritas en diferentes idiomas las mezclaba, leía a Luisa decir Wo ist dein Chef, eh?, Wo ist dein Chef, eh?, mientras escuchaba a Ranz confesarle su crimen al camarero.

Un libro se puede empezar a leer en casi cualquier situación, tan sólo se requiere de un mínimo de luz, pero acabarlo es otra cosa, sobre todo si es un buen libro, uno de esos con los que avanzas, a uno le interesa llegar siempre en las mejores condiciones al otro lado, cuando empezamos un viaje pensamos en el destino y no en el lugar que dejamos atrás. A nadie le interesa llegar a puerto en brazos de un Asterix borracho, con mal aliento, ganas de gresca y un enorme anillo violeta en la mano derecha. Es por eso que dejé de leer y me concentré en el café con leche.

A mi derecha había un tipo joven con aspecto de haber pasado muy mala noche, bebiendo una cerveza, la última de una serie que comenzó la noche anterior, escribiendo sobre un pedazo de papel con un pulso incontrolable. Ojeras rojas, un cigarrillo tras otro. Bebía tragos muy cortos, cada sorbo de cerveza le debería estar sentando como veneno, pero la costumbre es la costumbre y seguía tragando. Se balanceaba en equilibrio precario sobre un taburete alto, frente a la barra, a mi derecha, adquiriendo poco a poco la imagen de un animal enfermo que se retuerce sobre si mismo. A veces se quedaba mirando a alguien, su expresión era hostíl, decía Pero tú qué haces aquí o Ni te acerques o Mi tesoro, lo decía con la expresión de la cara, no abrió la boca más que para fumar o beber en el rato que compartimos en la barra del bar, y creo que me miró con esa misma expresión a mí también, aunque yo evitaba el contacto no fuera que pensara que quería conversación. Se quedaba ensimismado, se le entreabrían los labios, se le entrecerraban los párpados y cabeceaba bruscamente, perdía el equilibrio, el poco que le quedaba, y se agarraba con la mano a la barra del bar. Reparaba de nuevo en la hoja arrugada que tenía frente a él y reanudaba la escritura, con pulso incontrolable.

Pagué el café y volví andando a casa, con el libro por terminar debajo del brazo, abrigado hasta el cuello porque este junio es el junio más frío que jamás han registrado en Berlín.

Saturday, May 20, 2006

Y qué ocurre (III)

Andó, de nuevo, hacia la entrada hasta quedar delante del mostrador. Ninguna de las dos chicas parecía prestarle atención. Decidió hablar con la de la izquierda.

- Hola. - saludó de nuevo con las manos apoyadas sobre el mármol blanco - Puedes darme una copa para el vino?
- Sí. - respondió secamente desde detrás del mostrador sin mirarle y siguió ordenando unas botellas ya abiertas.
- Has de pagar dos euros por ella. - dijo la otra mujer que, con un trapo en la mano, intentaba mantener la superficie del mostrador completamente seca - Luego te la rellenas las veces que quieras y al salir pagas lo que te parezca que debas pagar.

Acabó la frase con una amenaza fotogénica en sus ojos a la vez que dejaba de limpiar y de hacer cualquier cosa. James parpadeó dos veces y sacudió imperceptiblemente la cabeza. Buscó calderilla en los bolsillos pero lo único que encontró fue un bonito billete de cinco euros. Lo puso encima del mostrador y, deslizándolo sobre la mesa con la punta de los dedos de la mano derecha, lo acercó lentamente a su nueva interlocutora, que volvía a prestarle atención y tenía el semblante tenso. Arqueando las cejas y levantando el mentón, un gesto demasiado solemne para esa mujer en ese momento, se apropió del dinero.

- Recoge el cambio tú mismo del tarro de cristal - vagamente, con los ojos y con un dedo, señaló algo que había en el extremo izquierdo del mostrador - ...si quieres.

La mujer, incomprensiblemente hostil, le miraba desafiadoramente a los ojos, como si protegiera a su recién nacido de las manos de un psicópata. James siguió el recuerdo del dedo extendido un momento antes y encontró el tarro de cristal que, a parte de contener una buena cantidad de monedas, estaba lleno de agua. Enseguida localizó las dos monedas que necesitaba y con movimientos rápidos y ágiles, se empapó la mano derecha en el agua fría. Guardó las monedas mojadas en el bolsillo del pantalón y buscó con la mirada a la mujer. No estaba. Pasado un instante, surgiendo como un resorte, detrás del mostrador, apareció con una minúscula copa de cristal en la mano. Sonriendo orgullosa, como si hubiera ganado a las damas a un deficiente mental, dejó la copa a los pies de las manos de él.

Gracias, dijo y, dando un paso hacia atrás, contempló la colección de vinos que tenía a su disposición. Como siempre, toqueteó las botellas. Los dedos se desplazaban de un cuello a otro, haciéndolas girar hasta que la etiqueta se mostraba, y no paraba hasta encontrar un nombre que le llamara la atención. Barceló leyó esta vez y llenó los tres centímetros cúbicos que permitía aquella ridícula copa de vino.

Sunday, May 14, 2006

Y qué ocurre (II)

Apretó los frenos con ambas manos enguantadas. Las pastillas rechinaron al apretar las llantas y paró en la esquina poco iluminada que aquellas dos calles formaban. Eran ya más de las nueve y media. Había cogido el camino más largo para poder sacar dinero del cajero y para comprar tabaco en aquel quiosco bajo aquellas vías de metro. Había nieve blanca y brillante en las aceras del cruce. James estaba sentado sobre el cuadro, notando el calor que subía por el cuello de la chaqueta. Ni un alma. La luz anaranjada de las farolas se mezclaba con un resplandor rojizo que llegaba al exterior desde las ventanas del local. Vio una de esas cosas, una de esas hechas de metal, que están clavadas en las aceras (o que surgen de ellas). Estaba libre. Caminando a horcajadas sobre la bicicleta, se acercó con la intención de aparcar. Desmontó finalmente y colocó la rueda delantera al lado de los tubos de hierro. Se quitó la cadena que llevaba en bandolera alrededor del pecho y se inclinó para asegurar el conjunto. Maldito candado, mierda de trasto, y mientras peleaba por juntar los dos extremos del cierre, miraba distraídamente hacia el interior del local. Enseguida reconoció a Rosa Luxemburg. Pflap, pflap, pflap. Una pareja pasó a su lado, hablaban en voz baja. Ella soltó una carcajada y se llevó la mano al rostro. Pflap, pflap, pflap. Pasaron de largo. Volvió a reparar en el brillo blanco de la nieve, en el silencio y el cierre del candado hizo el esperado clic. Dio media vuelta y escuchó con atención sus pasos sobre la nieve esponjosa mientras caminaba hacia la puerta de entrada.

Entró en el local empujando la puerta blanca de madera con fuerza, como siempre había que hacer en este país. Le costó cerrarla tres intentos. Después del tercer golpe de brazo, giró sobre sí mismo y vio los muebles viejos y los sofás repletos de gente, respiró el humo del tabaco. Las voces eran realmente un contraste con el silencio del exterior. También lo era la luz rojiza y la calefacción. Los techos eran altos y las cortinas rojas y densas, unos pocos taburetes altos para unas pocas mesas altas. El resto... Los vasos de vino en el centro de todas las conversaciones, junto con los ceniceros. Un lavabo en el sótano. Etcétera. Nada nuevo.

En la entrada, justo a su izquierda, detrás de un pequeño mostrador de mármol, dos mujeres estaban abriendo botellas de vino tinto, blanco y rosado. Las de tinto quedaban abiertas sobre la mesa, encima del mármol lleno de manchas rojas. Las de blanco y rosado en una fuente de fruta que usaban como cubitera. Hola, dijo mirándolas por turnos, primero a una, luego a la otra. No esperó respuesta, no tenía sentido disimular, así que, directamente, se acercó a la mesa que había localizado desde afuera. Tres pasos a la derecha y se encontró delante de mucha gente que no conocía de nada. Entre ellos estaba Rosa Luxemburg. Habían compartido cama e invierno durante todo el fin de semana pasado, de manera que fue a la primera persona a la que sonrió. Ella le devolvió la sonrisa sin saber qué hacer con las manos y, apresuradamente, se puso a hablar con la persona que tenía a su derecha. Todo el mundo en aquella mesa parecía estar mirándole ahora y él sonrió con cortesía fallida a todas las caras. Algunas caras le devolvieron la sonrisa, otras siguieron comiendo sopa o cus-cus, el resto simplemente miraba. Giró la cabeza hacia el mostrador de mármol. Las dos chicas ya no abrían botellas. Hablaban entre ellas. Volvió la mirada al grupo de gente que tenía delante. La mesa ante la que estaban reunidos, completamente rodeada y atravesada de piernas, era muy baja, así como las butacas en las que estaban todos sentados. Él seguía allí, de pie. Las caras habían vuelto a la normalidad: comían, fumaban, hablaban y bebían vino. Nadie le prestaba ya ninguna atención. Se quitó los guantes y el gorro. Después de volver a sonreirle a ella, siguió quitándose la chaqueta y el jersey que llevaba debajo. Había ahora un hueco a la derecha de la chica, en un extremo de aquel sofá petrificado de polvo verde, y le hicieron señas, con manos y sonrisas, para que se acercara. Se acercó. Hola. Hola. Dejó las prendas que se acababa de quitar en el hueco que ella le había preparado y, excusándose torpemente, se fue al mostrador de la entrada a buscar una copa llena de vino tinto.

Tuesday, May 09, 2006

Si la muerte pisa mi huerto

Vestido con bata blanca, el doctor, porque tal parecía, se dirigió al grupo de personas que aguardaban juntos en la sala de espera de paredes blancas. El grupo de gente era heterogéneo aunque todos de edades parecidas. Mujeres y hombres rondando, por arriba y por abajo, los treinta años. Todos estaban bastante inquietos y ninguno mantenía la mirada al doctor por más de dos segundos.

Con voz grave y segura pidió un momento de atención, ruego totalmente innecesario ya que ninguna de esas personas había estado tan atenta antes. Anunció que inmediatamente daría inicio a la explicación del ejercicio. Todas y cada una de las personas que delante de él estaban se agitaron nerviosamente, cambiaron la posición de los pies de manera torpe, se frotaron las manos húmedas de sudor, alguno resoplaba hiperventilándose de manera ruidosa, a otros se les llenaron los ojos de lágrimas y en la cara de todos ellos se podía leer la palabra angustia.

Sin decir nada, sacó un objeto de metal del bolsillo derecho de la bata blanca. Plano y de color gris brillante, tenía la forma característica de un abridor. Un extremo estrecho que se ensanchaba en la otra punta, donde había un agujero ovalado. La gran diferencia con un abridor corriente era el tamaño, pues el artilugio que estaba presentando era unas dos o tres veces más grande. Además, a los lados, en la parte ancha, había unos ganchos que, formando una ele, salían hacia afuera y hacia abajo. En realidad parecía totalmente inofensivo.

Dio un paso adelante mientras anunciaba que, como ya sabían, debía elegir a uno de ellos para hacer la demostración. Sostenía el objeto de metal en alto mientras posaba su mirada en los presentes, decidiendo quién sería el elegido. Finalmente se quedó mirando fijamente a un joven delgado al que le temblaban los labios. El pobre se quedó blanco cuando vio que el doctor avanzaba hacia él. Sin más explicaciones le ordenó que abriera la boca.

El pobre joven abrió tímidamente la boca, sin saber exactamente que es lo que estaba pasando. El doctor, con gesto serio, le agarró la mandíbula por debajo, con la mano izquierda, y le forzó a abrir completamente la boca provocándole así una mueca horrible. Al joven le temblaban las piernas y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Con los ojos desorbitados miraba el objeto de metal que todavía mantenía alzado el doctor. El resto de la gente se hizo a un lado con el corazón en un puño.

El doctor, con un gesto entrenado, colocó sobre los dientes de la mandíbula inferior el objeto de metal. Todas las piezas dentales quedaron cubiertas por el artefacto y los ganchos de los extremos quedaron perfectamente acoplados, como un guante, entre las dos últimas muelas de cada fila de dientes. La parte estrecha quedó apoyada en los incisivos y unos tres o cuatro centímetros de metal asomaban más allá del labio inferior. El doctor volvió a mirar al resto de gente y asintió con la cabeza. Fijó su mirada en el joven y le acarició la mejilla. Con un golpe de muñeca extremadamente rápido, golpeó secamente el metal que asomaba por encima del labio y un desagradable ruido inundó la estancia. Los ganchos habían hecho palanca sobre las muelas y toda la dentadura se resintió. Al joven se le doblaron las rodillas y hubiera caído al suelo de no ser por que lo agarró el doctor con firmeza. Le retiró el objeto de la boca y dejó que se sentará en el suelo.

Recostado en la pared, sin poder pestañear de los secos que tenía los ojos, cerró la boca. Al entrar en contacto las dos mandíbulas notó que ninguno de sus dientes estaba agarrado ya por las encías. Muelas, colmillos, premolares, todas la piezas temblaban. Algunas se le salieron del sitio. Aquello era como un castillo de naipes durante un terremoto. Era inevitable, la boca se le llenaba de dientes caídos. Se tapó la boca con la mano.

En grupo y silenciosamente fueron saliendo el resto de personas de la habitación. El doctor fue el último en salir y apagó la luz tras él. El jovén quedó solo, recostado contra la pared, sin entender por qué le habían arrancado toda la dentadura. A través de un cristal podía ver a las personas que antes habían estado con él. El doctor estaba con ellos y los iba abrazando mientras lloraba. Todos lloraban y le lanzaban miradas de tristeza a través del cristal.

Saturday, May 06, 2006

Y qué ocurre (I)

El viento, mudo de sorpresa, paró y una infinidad de partículas blancas comenzaron a atravesarlo en silencio. Nevada sobre sucia nieve muerta. Casi al instante brotó el blanco en toda la ciudad. El día quedó definitivamente aniquilado, borradas sus embarradas huellas, dando paso a una inadvertida noche que hacía horas había empezado. James Joyce descorrió la cortina blanca. Miró. Pensaba todavía en lo poco variada que era su dieta y sonrió al ver que volvía a nevar. Súbitamente relajado abrió, sin darse cuenta, la puerta del balcón y asomó medio cuerpo al exterior. Pudo oír, entonces, el estruendo: la nieve cayendo sobre nieve amontonada, la calle vacía y blanca de nieve, los copos de nieve blancos rasgando el viento, un viento mudo, frío y quieto.

Dos ciudades, sí. Pero esto es lo que las diferencia. Mirando una nevada desde el balcón mientras la nieve me atraviesa y vuelve mudos mis pensamientos. Quietos por fin. Son circunstancias. Miro el mar desde el balcón. El azul brota en mis ojos. Son el sol, el cielo sin nubes y el olor del mar. Se aferra eternamente a la tierra con sus olas, rasgando la playa a los pies de un acantilado. Un bosque de pinos blancos en la cima, colmado de olores y de grillos, asomando su sombra sobre las piedras allá abajo. El precio de los alquileres también. Frío.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se le tensó la mandíbula. Retiró el cuerpo asomado por la puerta del balcón y la cerró. Otro escalofrío le sacudió. Pensó en salir a dar un paseo, a darse una nevada, a darse una ducha de nieve. La cortina blanca siguió descorrida y él buscó sus guantes negros y su gorro de lana azul arrastrando la mirada por el suelo. Los encontró y, allí donde estaban, los dejó. En medio de la habitación, dando la espalda a la puerta blanca del balcón y a la nevada, se quitó las zapatillas y observó sus calcetines. Uno, el izquierdo, tenía un agujero del tamaño de la uña del dedo gordo. Y esto, doctor, Nada grave, nada grave. Acercó con el pie derecho las botas. Fue entonces cuando la pantalla del móvil, que reposaba en el suelo, junto al colchón, iluminó de verde todo lo que quedaba a un palmo de distancia. Un nombre apareció escrito en letras baratas y empezó a sonar de manera totalmente fuera de lugar. Con una de las botas a medio poner, se acercó a la cama y se agachó a recoger el teléfono. Reconoció el nombre y descolgó.

Sí, ...Hola, ...Hola, cómo estás, Bien, ...y tú, Bien, bien, Qué haces, Iba a dar un paseo, Pero si está nevando, Ya lo sé, A mí se me congelan los pies sólo de pensarlo, Me gusta pisar nieve fresca, en fin, ...qué haces tú, He quedado con unos amigos en aquel bar, ...Ahá, Te apetece venir, A qué hora has quedado, En media hora estaremos ahí, De acuerdo, nos vemos allí entonces, Hasta luego, Hasta luego.

Se acercó de nuevo al centro de la habitación y se colocó las botas. Cogió la chaqueta que colgaba del lateral de la estantería y se la puso mientras miraba de nuevo hacia la puerta del balcón. Se vio a si mismo ponerse la chaqueta blanca. Una luz se encendió en una ventana del edificio de enfrente. Una mujer con un niño en brazos y un par de libros. Una cuna de madera y un cubo con ropa por poner a secar. Plantas muy cuidadas. Un suelo de madera digno de ser pisado descalzo. Se apagó la luz y volvió a enfocar a su reflejo en el cristal del balcón.

Cogió el gorro y los guantes y se acercó a la puerta de la habitación dando tres pasos. Miró la bicicleta que tenía a su lado, apoyada en la pared blanca, y, tras unos segundos de no pensar en nada, la llevó consigo fuera de la vivienda. Salió a la calle y le pareció haber entrado en un cine o en un teatro. O en unas oficinas desconocidas.

Thursday, April 27, 2006

Kasinonacht (hace un año)

El viernes, a eso de las nueve de la noche, mientras tocaba la guitarra en la cocina, el cánon de Pachelbel para más señas, disfrutando de la sonoridad de la vivienda ahora que vuelvo a estar solo, mis compañeros de piso están de viaje, recibí una llamada de El Vikingo, respondiendo así al mensaje que le había enviado una hora antes comentándole mi predisposición para salir a tomar algo y para desafiar a las circunstancias que nos acechan en cada esquina de esta primaveral ciudad.

Una hora más tarde estábamos El Vikingo, Virginia Woolf y yo frente a la parada del tranvía, esperando a que llegara el M10 y bebiendo una cerveza. En Berlín puedes beber cerveza en cualquier sitio. Las informaciones que me llegan sobre el tema son contradictorias, creo que nadie lo tiene realmente claro, pero parece ser que en realidad está prohibido beber en la calle. Sin embargo puedes comprar cerveza en casi cada esquina, bebértela tranquilamente mientras viajas en cualquier transporte público y no he visto nunca a ningún policía llamando la atención a nadie. Sentados ya en nuestro medio de transporte viajando hacia la Frankfurter Allee, dónde había una fiestecilla en la casa del novio de Virginia Woolf, me enteré de que tengo un doble en Michigan. Un amigo de ella resulta que es clavado a mí. Ahora entiendo esas miradas intrigantes que me dedica esta chica.

También me enteré de que El Vikingo se nos ha enamorado. Un martes estuve con él en el bar del ping pong, Doktor Pong se llama el sitio, y allí conocimos a un par de noruegas. Resulta que el tema con la morena ha ido a más, ahora son pareja, y el chico está que no toca el suelo cuando anda. Lo sorprendente, hasta cierto punto, es que, siendo El Vikingo sueco y, por consiguiente, habiendo crecido rodeado de suecas, ya me entendéis, me comente, con una sonrisa de oreja a oreja, que la chica es escandinava.

En definitiva, el tío está feliz, y eso siempre es algo bueno y contagioso.

La fiesta fue minimalista en intenciones y maximalista en resultados. En el piso éramos unas quince personas repartidas en cuatro habitaciones, de tres a cuatro personas por habitación, y en la habitación del novio de Virginia Woolf nos encontrábamos los cuatro, no es necesario repetir los nombres otra vez. El tiempo pasaba muy relajado, bebiendo cerveza, charlando, fumando, escuchando música. De repente se coló por la ventana, abierta para dejar salir el humo, que tres de las cuatro personas de la habitación generaban, una circunstancia, esta vez una de las buenas.

Mañana hay noche de Casino, te apuntas, me preguntó alguno de los otros tres, y yo, que por apuntarme, hasta a clases de tango si hace falta, dije, Aber klar.

Aunque conocía el significado de las palabras noche y casino y hasta de la palabra compuesta que oí en alemán, Kasinonacht, no estaba nada seguro de a qué me acababa de apuntar. Decidí interrogar a los presentes y lejos de aclararme las cosas, todo se volvió más complicado. Al día siguiente nos encontraríamos a las diez de la noche, en la Schönhauser Allee, los hombres con traje y corbata, ellas con traje de noche, para coger el metro hacia un casino que había en Wedding. Yo, lo de las corbatas no me lo creí, y decidí esperar al día siguiente para aclarar los hechos.

Volviendo a la fiesta en sus términos más lúdicos, y más minimalistas, comentaré que nos pegamos unos bailoteos de muerte, los cuatro que ahí habíamos, al son de la colección de CDs que el novio de Virginia Woolf tenía, maximalista, dando rienda suelta a los instintos rítmicos más profundos y despreocupados que se hayan visto a esta orilla del Rin. Tras una pausa nos reunimos en el comedor con un par de alemanes más, ella y él. Expliqué lo de la reunión de viajeros del tiempo, tema que causó furor y una discusión que sólo los alemanes pueden organizar, es decir, una de esas en la que se acaba sacando conclusiones.

La charla siguió y siguió y uno que había allí no paraba de repetir su teoría sobre el orden actual del mundo, con la determinación que el alcohol proporciona, que resumía siempre al final en estos términos, En el 2006 la tercera guerra mundial, ya verás. Sobre las cuatro me fui a casa, intrigado todavía por lo que me depararía el día de mañana, es decir, el sábado por la noche, noche de casino.

Habiendo llegado ya el sábado, sobre las siete de la tarde, me llamó El Vikingo para preguntarme si necesitaba ayuda con lo del traje y la corbata. Yo, que no me lo acababa de creer, le dije que se pasara por mi casa para ver qué se había puesto él. A las ocho llegó y, para sorpresa mía, iba hecho un pincel. Camisa, corbata, pantalón de pinza y un tres cuartos de color beige. Así que va en serio, le comenté. Media hora más tarde estaba yo hecho un pincel también, pantalones de pinza, camisa oscura, corbata marrón con franjas de colores y zapatos de la última boda.

A las nueve y media, en casa de El Vikingo, nos encontramos con La Vikinga, la reciente novia de El Vikingo, y, después de un poco de vino blanco italiano y de un poco de rock sueco de los sesenta, nos dirigimos, como tres pinceles, a la Schönhauser Allee, donde nos encontraríamos con Virginia Woolf, su novio y una chica alemana de la que, pensando ahora en la urgente necesidad de hacerme un TAC del cerebro, no recuerdo el nombre. Esta última persona, a la que llamaremos Nicole, había vivido hasta los dieciseis años en Barcelona, hablaba perfectamente el castellano (con un acento mejicano el origen del cual no me supo aclarar) y, como decía ella, També parlo el català pero una mica charnegu.

Lo que ya he dicho mil veces, aquí le das una patada a una piedra y te aparece alguien que habla castellano.

Reunidos frente a la estación de Schönhauser Allee, rodeados de toda la peña que se iba de juerga esa noche, ninguno con corbata, ninguno con traje, nadie con zapatos, parecíamos una expedición de familiares buscando una boda y que, finalmente, se han perdido. Yo me sentía bastante incómodo con mis pintas, en medio de Berlín, cogiendo el metro. Llegamos a la parada en cuestión, Wedding, y allí nos encontramos por casualidad con Michael Caine, un tipo inglés que siempre había pensado que era holandés. Para la ocasión se había vestido con un traje oscuro que se caía a trozos, una camisa violeta con dibujos chinos, zapatos negros, un paraguas y una gorra de béisbol. Decidí entonces que no tenía derecho a sentirme incómodo con mis ropas.

Llegamos al lugar. Resultó, ya me lo habian comentado durante el camino, que no era un Casino en toda regla, sino unas oficinas que una vez al mes abrían para organizar una noche de Casino, con ruleta y mesa de poker. Todo muy profesional, organizado y la gente, claro, se ponía las mejores ropas, o las ropas que mejor les parecía, para seguir el rollo. Una vez dentro del local, escondido en un laberinto de pasillos y edificios ruinosos, podías respirar un perfecto ambiente de los años sesenta, debido a los muebles, las cortinas y al tufo kitch que desprendíamos todos con los trajes y las corbatas.

Había una violinista y un pianista finlandeses interpretando tangos, una barra de bar con unas camareras que quitaban el hipo, una mesa de ruleta, la primera que veo en mi vida, tres crupiers, todos calvos, que se iban turnando en la ruleta, uno lanzando la bola y diciendo Jetzt nicht mehr, el otro controlando las fichas y repartiendo las ganancias, y la mesa de poker ocupada por la flor y nata del vicio de Berlín, lo mejor de cada casa, un ecosistema a parte dentro del propio ecosistema que ya representaba el casino respecto al barrio en el que estaba.

Al entrar debías comprar una ficha negra, que costaba cinco euros y que era obligatorio apostar. A la salida no te la cambiarían. Las bebidas había que pagarlas con fichas, no aceptaban dinero, una coca-cola costaba una ficha roja, un euro, un wisky una ficha roja y otra azul, un euro y dos euros respectivamente. Me dirigí a esa mujer, sentada en un taburete, en el extremo izquierdo de la barra, con un traje de una pieza de color rojo con brillos y corto, tan corto, que todos los hombres, y algunas mujeres también, al pasar y ver cómo cruzaba y descruzaba las piernas, muslos turgentes incluidos, se les paraba la respiración y pensaban, Ahora, ahora seguro que le veo el carné de identidad.

Me acerqué, decía, a esa mujer y, con un billete de diez euros en la mano, le dije en mi perfecto alemán, Yo querer cambiar fichas. Me sonrió y me cambió el billete por una cantidad indeterminada de fichas rojas y azules. Todavía sin haberme repuesto del impacto erótico de aquella mujer, me dirigí a la barra, que estaba a dos palmos a mi derecha, y decidí pedirme un Jack Daniels sin hielo que, por lo que pude suponer y comprobar más tarde, era la bebida oficial del evento. Me atendió una mujer rubia, con más curvas que la Rabassada, y con el escote abierto como la puerta de Brandenburgo, aguantando, sujetando, moldeando también, unos monumentos a la belleza, unas gemelas cíclopes, el jing y el jang, la turgencia hecha forma, las hastas del deseo, en definitiva, un par de tetas como dos monumentos. Levanté la vista, la camarera pasó el trapo sobre la barra para limpiar el charco de baba, y pedí la bebida. Giré la vista a la derecha y descubrí a la otra camarera, que iba igualmente equipada para el mundo actual.

Con mi Bourbon en la mano, me acerqué a la mesa de la ruleta, a ver qué se cocía por ahí. El funcionamiento del juego es tan simple como adictivo. Una ruleta con treinta y seis números, del uno al treinta y seis, de colores rojo y negro alternativamente, más el cero, de color verde, la banca gana. Puedes apostar a que saldrá un número par o un número impar. Si aciertas te llevas el doble de lo que has apostado ya que, según la fórmula del cálculo de probabilidades, es decir, casos favorables divididos por los casos posibles, tenemos dieciocho numero pares y treinta y seis números en total (el cero no cuenta, la banca gana), con lo que, si hacemos la división, obtenemos un cero coma cinco, del que, al hacer su inverso, es decir, dividimos uno por ese cero coma cinco, obtenemos el número dos, que indica nuestro premio, es decir, el doble de lo que habíamos apostado.

O más fácil todavía, o sale par o impar, una de dos, o me llevo a esa mujer, y el inverso de una de dos es dos de una, es decir, dos.

Puedes apostar también a que saldrá un número por debajo de dieciocho, manque, o por encima, passe, y puedes apostar por un número rojo o negro. En todos estos casos te llevas el doble de lo que habías apostado. Los números están agrupados en tres grupos, el de arriba, el de en medio y el de abajo. Puedes apostar a que el número estará en el primer tercio, en el segundo o en el tercero y, si aciertas, te llevas tres veces lo que habías apostado. Luego están los números propiamente, que están distribuidos en una cuadrícula que permite innumerables combinaciones. Podemos, por ejemplo, apostar a un número, esto es fácil de ver, y si ganamos nos llevamos treinta y seis veces lo que habíamos apostado. Podemos también apostar, con una sola ficha, o con un único grupo de fichas, a dos números a la vez, si ganamos nos llevamos dieciocho veces lo apostado, a cuatro números, nueve veces lo apostado, o ocho números, cuatro veces y media lo apostado.

Después del segundo Whiskey, habiendo entendido las reglas del juego, aposté una ficha roja, un euro, el menda no conoce la palabra riesgo y peligro es mi apellido, a que saldría rojo y salió un número negro.

Me fui de la mesa y me puse a hablar con Nicole. Me explicó que trabaja en un call-center para un servicio astrológico en Berlín. Ella atiende las llamadas de la gente que quiere reclamar un mal servicio, por ejemplo, que lo que le había dicho el astrólogo que iba a pasar no ha ocurrido. Entonces les han de devolver le dinero. Yo hay cosas que no acabo de entender.

Sin nada mejor que hacer, aposté la última ficha que me quedaba de los diez Euros que había cambiado y volví a perder. Asqueado del juego y de mi mala suerte, contradiciendo ya una de las reglas sagradas del universo, es decir, tenía mala suerte en el amor y en el juego, me fui al reservado, por llamarlo de alguna manera, para reunirme con Virginia Woolf, Nicole, Michael Caine, El Vikingo y la novia de Michael Caine, que ya dormía. Me estaba aburriendo en el local y eso no era justo. Después de un largo silencio, me dijo Virgina Woolf, Has apostado la ficha negra, No, todavía no, Yo tampoco.

Decidimos jugarnos los últimos y obligatorios cinco euros. Yo no sé dónde los puso ella, pero yo aposté, con una sola ficha de cinco euros, a dos números, el treinta y dos y el treinta y tres, poniendo la ficha encima de la linea que separa esos dos números en el tapete a la vez que, con mi pie izquierdo, machacaba tres o cuatro dedos del pie derecho de un tipo que tenía a mi izquierda.

El crupier giró la ruleta, con la profesionalidad y seriedad demostradas durante toda la noche, y lanzó la bola blanca, con un giro de muñeca magistral, por el borde invertido, girando ésta a toda velocidad en sentido contrario al del mecanismo que sostiene los números. Cuando la bola empezó a perder fuerza y declinaba hacia el centro del aparato, el crupier gritó Jetzt nicht mehr, que vendría a ser el Zurückbleiben pero referido a las apuestas, es decir, Ahora nada más.

La bola empezó a rebotar por los bordes que separaban los números, se podía oir el clic clac de los rebotes, todo el mundo se callaba cuando iba a salir un número, como si hablar en esos momentos tan tensos fuera a molestar a la pelotita, y finalmente se detuvo. Yo no veía el número desde mi posición, además la ruleta no paraba de dar vueltas de lo bien engrasada que estaba, así que esperé a que lo cantara el crupier. Zweiunddreissig, dijo. Me giré hacia Michael Caine y le dije, Me ha tocado. Él, que hasta el momento había perdido unos treinta euros, me preguntó que dónde había apostado y al señalarle yo el lugar dónde reposaban mis cinco euros en forma de ficha negra, me dijo, Man, that's a lot of money.

Efectivamente, un montón de dinero. Si habéis atendido al tema de las probabilidades de antes deberíais saber que mis cinco euros se habían multiplicado por dieciocho, dando como resultado la extraordinaria cifra de noventa euros.

El crupier empezó a retirar las apuestas que habían fallado, muchas, luego a pagar las ganancias más pequeñas y finalmente quedó mi ficha sola en medio del tapete verde, iluminada por la lámpara verde y observada por unos cuarenta pares de ojos. Se me hicieron eternos los dos minutos que tardó el crupier en reunir las fichas necesarias. La espera valió la pena. Ver cómo con ese palo de madera acercaba el montón de fichas de colores, alto como un rascacielos, junto a mi solitaria ficha fue impagable. Las fichas estaban sobre la mesa y yo debía hacer algo. Se hizo el silencio otra vez. La gente contuvo la respiración. Los niños dejaron de llorar. El piano y el violín callaron. La mujer del traje rojo y brillante se ajustó la falda, se mordió el labio inferior mientras jugeteaba con los dedos en el cazo de las fichas azules. El escote de la camarera casi reventó por el suspiro que estaba a punto de lanzar y yo, que estaba algo mal situado, le dije a Michael Caine, Acércame el dinero, por favor, que no llego.

La erótica del poder rezumaba por mis poros, mulatas con abrigos de piel, Cadillacs verdes, puros del tamaño de la torre Agbar, anillos de oro, cadenas de oro, fiestas salvajes, drogas, tráfico de drogas, la policía, un juicio, la cárcel, sodomización en las duchas... Me metí las fichas en el bolsillo y me encendí un cigarro.

Uno tras otro me felicitaron los amigos, poniendo los ojos como platos al enterarse de la cantidad de dinero que había ganado de una tacada, y yo les enseñaba el montón de fichas como si les estuviera mostrando una revista porno dentro de una iglesia. Me tomé con ellos una ronda, que pagué yo, y me dediqué a disfrutar del lugar, de la gente, de las camareras y de la chica que cambiaba las fichas. Sobre las tres de la madrugada quedábamos Michael Caine y otra chica norteamericana que no sé como se llama. El nombre de esta chica no lo he olvidado, el caso es que nunca me lo han dicho y yo nunca lo he preguntado. Decidimos irnos a casa y, bajo la lluvia, empezó a explicar esta chica que, habiendo estado en Las Vegas (Caesars Palace), y en el Casino de Montecarlo, este había sido de largo el casino más entretenido al que había ido.