Saturday, May 20, 2006

Y qué ocurre (III)

Andó, de nuevo, hacia la entrada hasta quedar delante del mostrador. Ninguna de las dos chicas parecía prestarle atención. Decidió hablar con la de la izquierda.

- Hola. - saludó de nuevo con las manos apoyadas sobre el mármol blanco - Puedes darme una copa para el vino?
- Sí. - respondió secamente desde detrás del mostrador sin mirarle y siguió ordenando unas botellas ya abiertas.
- Has de pagar dos euros por ella. - dijo la otra mujer que, con un trapo en la mano, intentaba mantener la superficie del mostrador completamente seca - Luego te la rellenas las veces que quieras y al salir pagas lo que te parezca que debas pagar.

Acabó la frase con una amenaza fotogénica en sus ojos a la vez que dejaba de limpiar y de hacer cualquier cosa. James parpadeó dos veces y sacudió imperceptiblemente la cabeza. Buscó calderilla en los bolsillos pero lo único que encontró fue un bonito billete de cinco euros. Lo puso encima del mostrador y, deslizándolo sobre la mesa con la punta de los dedos de la mano derecha, lo acercó lentamente a su nueva interlocutora, que volvía a prestarle atención y tenía el semblante tenso. Arqueando las cejas y levantando el mentón, un gesto demasiado solemne para esa mujer en ese momento, se apropió del dinero.

- Recoge el cambio tú mismo del tarro de cristal - vagamente, con los ojos y con un dedo, señaló algo que había en el extremo izquierdo del mostrador - ...si quieres.

La mujer, incomprensiblemente hostil, le miraba desafiadoramente a los ojos, como si protegiera a su recién nacido de las manos de un psicópata. James siguió el recuerdo del dedo extendido un momento antes y encontró el tarro de cristal que, a parte de contener una buena cantidad de monedas, estaba lleno de agua. Enseguida localizó las dos monedas que necesitaba y con movimientos rápidos y ágiles, se empapó la mano derecha en el agua fría. Guardó las monedas mojadas en el bolsillo del pantalón y buscó con la mirada a la mujer. No estaba. Pasado un instante, surgiendo como un resorte, detrás del mostrador, apareció con una minúscula copa de cristal en la mano. Sonriendo orgullosa, como si hubiera ganado a las damas a un deficiente mental, dejó la copa a los pies de las manos de él.

Gracias, dijo y, dando un paso hacia atrás, contempló la colección de vinos que tenía a su disposición. Como siempre, toqueteó las botellas. Los dedos se desplazaban de un cuello a otro, haciéndolas girar hasta que la etiqueta se mostraba, y no paraba hasta encontrar un nombre que le llamara la atención. Barceló leyó esta vez y llenó los tres centímetros cúbicos que permitía aquella ridícula copa de vino.

Sunday, May 14, 2006

Y qué ocurre (II)

Apretó los frenos con ambas manos enguantadas. Las pastillas rechinaron al apretar las llantas y paró en la esquina poco iluminada que aquellas dos calles formaban. Eran ya más de las nueve y media. Había cogido el camino más largo para poder sacar dinero del cajero y para comprar tabaco en aquel quiosco bajo aquellas vías de metro. Había nieve blanca y brillante en las aceras del cruce. James estaba sentado sobre el cuadro, notando el calor que subía por el cuello de la chaqueta. Ni un alma. La luz anaranjada de las farolas se mezclaba con un resplandor rojizo que llegaba al exterior desde las ventanas del local. Vio una de esas cosas, una de esas hechas de metal, que están clavadas en las aceras (o que surgen de ellas). Estaba libre. Caminando a horcajadas sobre la bicicleta, se acercó con la intención de aparcar. Desmontó finalmente y colocó la rueda delantera al lado de los tubos de hierro. Se quitó la cadena que llevaba en bandolera alrededor del pecho y se inclinó para asegurar el conjunto. Maldito candado, mierda de trasto, y mientras peleaba por juntar los dos extremos del cierre, miraba distraídamente hacia el interior del local. Enseguida reconoció a Rosa Luxemburg. Pflap, pflap, pflap. Una pareja pasó a su lado, hablaban en voz baja. Ella soltó una carcajada y se llevó la mano al rostro. Pflap, pflap, pflap. Pasaron de largo. Volvió a reparar en el brillo blanco de la nieve, en el silencio y el cierre del candado hizo el esperado clic. Dio media vuelta y escuchó con atención sus pasos sobre la nieve esponjosa mientras caminaba hacia la puerta de entrada.

Entró en el local empujando la puerta blanca de madera con fuerza, como siempre había que hacer en este país. Le costó cerrarla tres intentos. Después del tercer golpe de brazo, giró sobre sí mismo y vio los muebles viejos y los sofás repletos de gente, respiró el humo del tabaco. Las voces eran realmente un contraste con el silencio del exterior. También lo era la luz rojiza y la calefacción. Los techos eran altos y las cortinas rojas y densas, unos pocos taburetes altos para unas pocas mesas altas. El resto... Los vasos de vino en el centro de todas las conversaciones, junto con los ceniceros. Un lavabo en el sótano. Etcétera. Nada nuevo.

En la entrada, justo a su izquierda, detrás de un pequeño mostrador de mármol, dos mujeres estaban abriendo botellas de vino tinto, blanco y rosado. Las de tinto quedaban abiertas sobre la mesa, encima del mármol lleno de manchas rojas. Las de blanco y rosado en una fuente de fruta que usaban como cubitera. Hola, dijo mirándolas por turnos, primero a una, luego a la otra. No esperó respuesta, no tenía sentido disimular, así que, directamente, se acercó a la mesa que había localizado desde afuera. Tres pasos a la derecha y se encontró delante de mucha gente que no conocía de nada. Entre ellos estaba Rosa Luxemburg. Habían compartido cama e invierno durante todo el fin de semana pasado, de manera que fue a la primera persona a la que sonrió. Ella le devolvió la sonrisa sin saber qué hacer con las manos y, apresuradamente, se puso a hablar con la persona que tenía a su derecha. Todo el mundo en aquella mesa parecía estar mirándole ahora y él sonrió con cortesía fallida a todas las caras. Algunas caras le devolvieron la sonrisa, otras siguieron comiendo sopa o cus-cus, el resto simplemente miraba. Giró la cabeza hacia el mostrador de mármol. Las dos chicas ya no abrían botellas. Hablaban entre ellas. Volvió la mirada al grupo de gente que tenía delante. La mesa ante la que estaban reunidos, completamente rodeada y atravesada de piernas, era muy baja, así como las butacas en las que estaban todos sentados. Él seguía allí, de pie. Las caras habían vuelto a la normalidad: comían, fumaban, hablaban y bebían vino. Nadie le prestaba ya ninguna atención. Se quitó los guantes y el gorro. Después de volver a sonreirle a ella, siguió quitándose la chaqueta y el jersey que llevaba debajo. Había ahora un hueco a la derecha de la chica, en un extremo de aquel sofá petrificado de polvo verde, y le hicieron señas, con manos y sonrisas, para que se acercara. Se acercó. Hola. Hola. Dejó las prendas que se acababa de quitar en el hueco que ella le había preparado y, excusándose torpemente, se fue al mostrador de la entrada a buscar una copa llena de vino tinto.

Tuesday, May 09, 2006

Si la muerte pisa mi huerto

Vestido con bata blanca, el doctor, porque tal parecía, se dirigió al grupo de personas que aguardaban juntos en la sala de espera de paredes blancas. El grupo de gente era heterogéneo aunque todos de edades parecidas. Mujeres y hombres rondando, por arriba y por abajo, los treinta años. Todos estaban bastante inquietos y ninguno mantenía la mirada al doctor por más de dos segundos.

Con voz grave y segura pidió un momento de atención, ruego totalmente innecesario ya que ninguna de esas personas había estado tan atenta antes. Anunció que inmediatamente daría inicio a la explicación del ejercicio. Todas y cada una de las personas que delante de él estaban se agitaron nerviosamente, cambiaron la posición de los pies de manera torpe, se frotaron las manos húmedas de sudor, alguno resoplaba hiperventilándose de manera ruidosa, a otros se les llenaron los ojos de lágrimas y en la cara de todos ellos se podía leer la palabra angustia.

Sin decir nada, sacó un objeto de metal del bolsillo derecho de la bata blanca. Plano y de color gris brillante, tenía la forma característica de un abridor. Un extremo estrecho que se ensanchaba en la otra punta, donde había un agujero ovalado. La gran diferencia con un abridor corriente era el tamaño, pues el artilugio que estaba presentando era unas dos o tres veces más grande. Además, a los lados, en la parte ancha, había unos ganchos que, formando una ele, salían hacia afuera y hacia abajo. En realidad parecía totalmente inofensivo.

Dio un paso adelante mientras anunciaba que, como ya sabían, debía elegir a uno de ellos para hacer la demostración. Sostenía el objeto de metal en alto mientras posaba su mirada en los presentes, decidiendo quién sería el elegido. Finalmente se quedó mirando fijamente a un joven delgado al que le temblaban los labios. El pobre se quedó blanco cuando vio que el doctor avanzaba hacia él. Sin más explicaciones le ordenó que abriera la boca.

El pobre joven abrió tímidamente la boca, sin saber exactamente que es lo que estaba pasando. El doctor, con gesto serio, le agarró la mandíbula por debajo, con la mano izquierda, y le forzó a abrir completamente la boca provocándole así una mueca horrible. Al joven le temblaban las piernas y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Con los ojos desorbitados miraba el objeto de metal que todavía mantenía alzado el doctor. El resto de la gente se hizo a un lado con el corazón en un puño.

El doctor, con un gesto entrenado, colocó sobre los dientes de la mandíbula inferior el objeto de metal. Todas las piezas dentales quedaron cubiertas por el artefacto y los ganchos de los extremos quedaron perfectamente acoplados, como un guante, entre las dos últimas muelas de cada fila de dientes. La parte estrecha quedó apoyada en los incisivos y unos tres o cuatro centímetros de metal asomaban más allá del labio inferior. El doctor volvió a mirar al resto de gente y asintió con la cabeza. Fijó su mirada en el joven y le acarició la mejilla. Con un golpe de muñeca extremadamente rápido, golpeó secamente el metal que asomaba por encima del labio y un desagradable ruido inundó la estancia. Los ganchos habían hecho palanca sobre las muelas y toda la dentadura se resintió. Al joven se le doblaron las rodillas y hubiera caído al suelo de no ser por que lo agarró el doctor con firmeza. Le retiró el objeto de la boca y dejó que se sentará en el suelo.

Recostado en la pared, sin poder pestañear de los secos que tenía los ojos, cerró la boca. Al entrar en contacto las dos mandíbulas notó que ninguno de sus dientes estaba agarrado ya por las encías. Muelas, colmillos, premolares, todas la piezas temblaban. Algunas se le salieron del sitio. Aquello era como un castillo de naipes durante un terremoto. Era inevitable, la boca se le llenaba de dientes caídos. Se tapó la boca con la mano.

En grupo y silenciosamente fueron saliendo el resto de personas de la habitación. El doctor fue el último en salir y apagó la luz tras él. El jovén quedó solo, recostado contra la pared, sin entender por qué le habían arrancado toda la dentadura. A través de un cristal podía ver a las personas que antes habían estado con él. El doctor estaba con ellos y los iba abrazando mientras lloraba. Todos lloraban y le lanzaban miradas de tristeza a través del cristal.

Saturday, May 06, 2006

Y qué ocurre (I)

El viento, mudo de sorpresa, paró y una infinidad de partículas blancas comenzaron a atravesarlo en silencio. Nevada sobre sucia nieve muerta. Casi al instante brotó el blanco en toda la ciudad. El día quedó definitivamente aniquilado, borradas sus embarradas huellas, dando paso a una inadvertida noche que hacía horas había empezado. James Joyce descorrió la cortina blanca. Miró. Pensaba todavía en lo poco variada que era su dieta y sonrió al ver que volvía a nevar. Súbitamente relajado abrió, sin darse cuenta, la puerta del balcón y asomó medio cuerpo al exterior. Pudo oír, entonces, el estruendo: la nieve cayendo sobre nieve amontonada, la calle vacía y blanca de nieve, los copos de nieve blancos rasgando el viento, un viento mudo, frío y quieto.

Dos ciudades, sí. Pero esto es lo que las diferencia. Mirando una nevada desde el balcón mientras la nieve me atraviesa y vuelve mudos mis pensamientos. Quietos por fin. Son circunstancias. Miro el mar desde el balcón. El azul brota en mis ojos. Son el sol, el cielo sin nubes y el olor del mar. Se aferra eternamente a la tierra con sus olas, rasgando la playa a los pies de un acantilado. Un bosque de pinos blancos en la cima, colmado de olores y de grillos, asomando su sombra sobre las piedras allá abajo. El precio de los alquileres también. Frío.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se le tensó la mandíbula. Retiró el cuerpo asomado por la puerta del balcón y la cerró. Otro escalofrío le sacudió. Pensó en salir a dar un paseo, a darse una nevada, a darse una ducha de nieve. La cortina blanca siguió descorrida y él buscó sus guantes negros y su gorro de lana azul arrastrando la mirada por el suelo. Los encontró y, allí donde estaban, los dejó. En medio de la habitación, dando la espalda a la puerta blanca del balcón y a la nevada, se quitó las zapatillas y observó sus calcetines. Uno, el izquierdo, tenía un agujero del tamaño de la uña del dedo gordo. Y esto, doctor, Nada grave, nada grave. Acercó con el pie derecho las botas. Fue entonces cuando la pantalla del móvil, que reposaba en el suelo, junto al colchón, iluminó de verde todo lo que quedaba a un palmo de distancia. Un nombre apareció escrito en letras baratas y empezó a sonar de manera totalmente fuera de lugar. Con una de las botas a medio poner, se acercó a la cama y se agachó a recoger el teléfono. Reconoció el nombre y descolgó.

Sí, ...Hola, ...Hola, cómo estás, Bien, ...y tú, Bien, bien, Qué haces, Iba a dar un paseo, Pero si está nevando, Ya lo sé, A mí se me congelan los pies sólo de pensarlo, Me gusta pisar nieve fresca, en fin, ...qué haces tú, He quedado con unos amigos en aquel bar, ...Ahá, Te apetece venir, A qué hora has quedado, En media hora estaremos ahí, De acuerdo, nos vemos allí entonces, Hasta luego, Hasta luego.

Se acercó de nuevo al centro de la habitación y se colocó las botas. Cogió la chaqueta que colgaba del lateral de la estantería y se la puso mientras miraba de nuevo hacia la puerta del balcón. Se vio a si mismo ponerse la chaqueta blanca. Una luz se encendió en una ventana del edificio de enfrente. Una mujer con un niño en brazos y un par de libros. Una cuna de madera y un cubo con ropa por poner a secar. Plantas muy cuidadas. Un suelo de madera digno de ser pisado descalzo. Se apagó la luz y volvió a enfocar a su reflejo en el cristal del balcón.

Cogió el gorro y los guantes y se acercó a la puerta de la habitación dando tres pasos. Miró la bicicleta que tenía a su lado, apoyada en la pared blanca, y, tras unos segundos de no pensar en nada, la llevó consigo fuera de la vivienda. Salió a la calle y le pareció haber entrado en un cine o en un teatro. O en unas oficinas desconocidas.