Thursday, April 27, 2006

Kasinonacht (hace un año)

El viernes, a eso de las nueve de la noche, mientras tocaba la guitarra en la cocina, el cánon de Pachelbel para más señas, disfrutando de la sonoridad de la vivienda ahora que vuelvo a estar solo, mis compañeros de piso están de viaje, recibí una llamada de El Vikingo, respondiendo así al mensaje que le había enviado una hora antes comentándole mi predisposición para salir a tomar algo y para desafiar a las circunstancias que nos acechan en cada esquina de esta primaveral ciudad.

Una hora más tarde estábamos El Vikingo, Virginia Woolf y yo frente a la parada del tranvía, esperando a que llegara el M10 y bebiendo una cerveza. En Berlín puedes beber cerveza en cualquier sitio. Las informaciones que me llegan sobre el tema son contradictorias, creo que nadie lo tiene realmente claro, pero parece ser que en realidad está prohibido beber en la calle. Sin embargo puedes comprar cerveza en casi cada esquina, bebértela tranquilamente mientras viajas en cualquier transporte público y no he visto nunca a ningún policía llamando la atención a nadie. Sentados ya en nuestro medio de transporte viajando hacia la Frankfurter Allee, dónde había una fiestecilla en la casa del novio de Virginia Woolf, me enteré de que tengo un doble en Michigan. Un amigo de ella resulta que es clavado a mí. Ahora entiendo esas miradas intrigantes que me dedica esta chica.

También me enteré de que El Vikingo se nos ha enamorado. Un martes estuve con él en el bar del ping pong, Doktor Pong se llama el sitio, y allí conocimos a un par de noruegas. Resulta que el tema con la morena ha ido a más, ahora son pareja, y el chico está que no toca el suelo cuando anda. Lo sorprendente, hasta cierto punto, es que, siendo El Vikingo sueco y, por consiguiente, habiendo crecido rodeado de suecas, ya me entendéis, me comente, con una sonrisa de oreja a oreja, que la chica es escandinava.

En definitiva, el tío está feliz, y eso siempre es algo bueno y contagioso.

La fiesta fue minimalista en intenciones y maximalista en resultados. En el piso éramos unas quince personas repartidas en cuatro habitaciones, de tres a cuatro personas por habitación, y en la habitación del novio de Virginia Woolf nos encontrábamos los cuatro, no es necesario repetir los nombres otra vez. El tiempo pasaba muy relajado, bebiendo cerveza, charlando, fumando, escuchando música. De repente se coló por la ventana, abierta para dejar salir el humo, que tres de las cuatro personas de la habitación generaban, una circunstancia, esta vez una de las buenas.

Mañana hay noche de Casino, te apuntas, me preguntó alguno de los otros tres, y yo, que por apuntarme, hasta a clases de tango si hace falta, dije, Aber klar.

Aunque conocía el significado de las palabras noche y casino y hasta de la palabra compuesta que oí en alemán, Kasinonacht, no estaba nada seguro de a qué me acababa de apuntar. Decidí interrogar a los presentes y lejos de aclararme las cosas, todo se volvió más complicado. Al día siguiente nos encontraríamos a las diez de la noche, en la Schönhauser Allee, los hombres con traje y corbata, ellas con traje de noche, para coger el metro hacia un casino que había en Wedding. Yo, lo de las corbatas no me lo creí, y decidí esperar al día siguiente para aclarar los hechos.

Volviendo a la fiesta en sus términos más lúdicos, y más minimalistas, comentaré que nos pegamos unos bailoteos de muerte, los cuatro que ahí habíamos, al son de la colección de CDs que el novio de Virginia Woolf tenía, maximalista, dando rienda suelta a los instintos rítmicos más profundos y despreocupados que se hayan visto a esta orilla del Rin. Tras una pausa nos reunimos en el comedor con un par de alemanes más, ella y él. Expliqué lo de la reunión de viajeros del tiempo, tema que causó furor y una discusión que sólo los alemanes pueden organizar, es decir, una de esas en la que se acaba sacando conclusiones.

La charla siguió y siguió y uno que había allí no paraba de repetir su teoría sobre el orden actual del mundo, con la determinación que el alcohol proporciona, que resumía siempre al final en estos términos, En el 2006 la tercera guerra mundial, ya verás. Sobre las cuatro me fui a casa, intrigado todavía por lo que me depararía el día de mañana, es decir, el sábado por la noche, noche de casino.

Habiendo llegado ya el sábado, sobre las siete de la tarde, me llamó El Vikingo para preguntarme si necesitaba ayuda con lo del traje y la corbata. Yo, que no me lo acababa de creer, le dije que se pasara por mi casa para ver qué se había puesto él. A las ocho llegó y, para sorpresa mía, iba hecho un pincel. Camisa, corbata, pantalón de pinza y un tres cuartos de color beige. Así que va en serio, le comenté. Media hora más tarde estaba yo hecho un pincel también, pantalones de pinza, camisa oscura, corbata marrón con franjas de colores y zapatos de la última boda.

A las nueve y media, en casa de El Vikingo, nos encontramos con La Vikinga, la reciente novia de El Vikingo, y, después de un poco de vino blanco italiano y de un poco de rock sueco de los sesenta, nos dirigimos, como tres pinceles, a la Schönhauser Allee, donde nos encontraríamos con Virginia Woolf, su novio y una chica alemana de la que, pensando ahora en la urgente necesidad de hacerme un TAC del cerebro, no recuerdo el nombre. Esta última persona, a la que llamaremos Nicole, había vivido hasta los dieciseis años en Barcelona, hablaba perfectamente el castellano (con un acento mejicano el origen del cual no me supo aclarar) y, como decía ella, També parlo el català pero una mica charnegu.

Lo que ya he dicho mil veces, aquí le das una patada a una piedra y te aparece alguien que habla castellano.

Reunidos frente a la estación de Schönhauser Allee, rodeados de toda la peña que se iba de juerga esa noche, ninguno con corbata, ninguno con traje, nadie con zapatos, parecíamos una expedición de familiares buscando una boda y que, finalmente, se han perdido. Yo me sentía bastante incómodo con mis pintas, en medio de Berlín, cogiendo el metro. Llegamos a la parada en cuestión, Wedding, y allí nos encontramos por casualidad con Michael Caine, un tipo inglés que siempre había pensado que era holandés. Para la ocasión se había vestido con un traje oscuro que se caía a trozos, una camisa violeta con dibujos chinos, zapatos negros, un paraguas y una gorra de béisbol. Decidí entonces que no tenía derecho a sentirme incómodo con mis ropas.

Llegamos al lugar. Resultó, ya me lo habian comentado durante el camino, que no era un Casino en toda regla, sino unas oficinas que una vez al mes abrían para organizar una noche de Casino, con ruleta y mesa de poker. Todo muy profesional, organizado y la gente, claro, se ponía las mejores ropas, o las ropas que mejor les parecía, para seguir el rollo. Una vez dentro del local, escondido en un laberinto de pasillos y edificios ruinosos, podías respirar un perfecto ambiente de los años sesenta, debido a los muebles, las cortinas y al tufo kitch que desprendíamos todos con los trajes y las corbatas.

Había una violinista y un pianista finlandeses interpretando tangos, una barra de bar con unas camareras que quitaban el hipo, una mesa de ruleta, la primera que veo en mi vida, tres crupiers, todos calvos, que se iban turnando en la ruleta, uno lanzando la bola y diciendo Jetzt nicht mehr, el otro controlando las fichas y repartiendo las ganancias, y la mesa de poker ocupada por la flor y nata del vicio de Berlín, lo mejor de cada casa, un ecosistema a parte dentro del propio ecosistema que ya representaba el casino respecto al barrio en el que estaba.

Al entrar debías comprar una ficha negra, que costaba cinco euros y que era obligatorio apostar. A la salida no te la cambiarían. Las bebidas había que pagarlas con fichas, no aceptaban dinero, una coca-cola costaba una ficha roja, un euro, un wisky una ficha roja y otra azul, un euro y dos euros respectivamente. Me dirigí a esa mujer, sentada en un taburete, en el extremo izquierdo de la barra, con un traje de una pieza de color rojo con brillos y corto, tan corto, que todos los hombres, y algunas mujeres también, al pasar y ver cómo cruzaba y descruzaba las piernas, muslos turgentes incluidos, se les paraba la respiración y pensaban, Ahora, ahora seguro que le veo el carné de identidad.

Me acerqué, decía, a esa mujer y, con un billete de diez euros en la mano, le dije en mi perfecto alemán, Yo querer cambiar fichas. Me sonrió y me cambió el billete por una cantidad indeterminada de fichas rojas y azules. Todavía sin haberme repuesto del impacto erótico de aquella mujer, me dirigí a la barra, que estaba a dos palmos a mi derecha, y decidí pedirme un Jack Daniels sin hielo que, por lo que pude suponer y comprobar más tarde, era la bebida oficial del evento. Me atendió una mujer rubia, con más curvas que la Rabassada, y con el escote abierto como la puerta de Brandenburgo, aguantando, sujetando, moldeando también, unos monumentos a la belleza, unas gemelas cíclopes, el jing y el jang, la turgencia hecha forma, las hastas del deseo, en definitiva, un par de tetas como dos monumentos. Levanté la vista, la camarera pasó el trapo sobre la barra para limpiar el charco de baba, y pedí la bebida. Giré la vista a la derecha y descubrí a la otra camarera, que iba igualmente equipada para el mundo actual.

Con mi Bourbon en la mano, me acerqué a la mesa de la ruleta, a ver qué se cocía por ahí. El funcionamiento del juego es tan simple como adictivo. Una ruleta con treinta y seis números, del uno al treinta y seis, de colores rojo y negro alternativamente, más el cero, de color verde, la banca gana. Puedes apostar a que saldrá un número par o un número impar. Si aciertas te llevas el doble de lo que has apostado ya que, según la fórmula del cálculo de probabilidades, es decir, casos favorables divididos por los casos posibles, tenemos dieciocho numero pares y treinta y seis números en total (el cero no cuenta, la banca gana), con lo que, si hacemos la división, obtenemos un cero coma cinco, del que, al hacer su inverso, es decir, dividimos uno por ese cero coma cinco, obtenemos el número dos, que indica nuestro premio, es decir, el doble de lo que habíamos apostado.

O más fácil todavía, o sale par o impar, una de dos, o me llevo a esa mujer, y el inverso de una de dos es dos de una, es decir, dos.

Puedes apostar también a que saldrá un número por debajo de dieciocho, manque, o por encima, passe, y puedes apostar por un número rojo o negro. En todos estos casos te llevas el doble de lo que habías apostado. Los números están agrupados en tres grupos, el de arriba, el de en medio y el de abajo. Puedes apostar a que el número estará en el primer tercio, en el segundo o en el tercero y, si aciertas, te llevas tres veces lo que habías apostado. Luego están los números propiamente, que están distribuidos en una cuadrícula que permite innumerables combinaciones. Podemos, por ejemplo, apostar a un número, esto es fácil de ver, y si ganamos nos llevamos treinta y seis veces lo que habíamos apostado. Podemos también apostar, con una sola ficha, o con un único grupo de fichas, a dos números a la vez, si ganamos nos llevamos dieciocho veces lo apostado, a cuatro números, nueve veces lo apostado, o ocho números, cuatro veces y media lo apostado.

Después del segundo Whiskey, habiendo entendido las reglas del juego, aposté una ficha roja, un euro, el menda no conoce la palabra riesgo y peligro es mi apellido, a que saldría rojo y salió un número negro.

Me fui de la mesa y me puse a hablar con Nicole. Me explicó que trabaja en un call-center para un servicio astrológico en Berlín. Ella atiende las llamadas de la gente que quiere reclamar un mal servicio, por ejemplo, que lo que le había dicho el astrólogo que iba a pasar no ha ocurrido. Entonces les han de devolver le dinero. Yo hay cosas que no acabo de entender.

Sin nada mejor que hacer, aposté la última ficha que me quedaba de los diez Euros que había cambiado y volví a perder. Asqueado del juego y de mi mala suerte, contradiciendo ya una de las reglas sagradas del universo, es decir, tenía mala suerte en el amor y en el juego, me fui al reservado, por llamarlo de alguna manera, para reunirme con Virginia Woolf, Nicole, Michael Caine, El Vikingo y la novia de Michael Caine, que ya dormía. Me estaba aburriendo en el local y eso no era justo. Después de un largo silencio, me dijo Virgina Woolf, Has apostado la ficha negra, No, todavía no, Yo tampoco.

Decidimos jugarnos los últimos y obligatorios cinco euros. Yo no sé dónde los puso ella, pero yo aposté, con una sola ficha de cinco euros, a dos números, el treinta y dos y el treinta y tres, poniendo la ficha encima de la linea que separa esos dos números en el tapete a la vez que, con mi pie izquierdo, machacaba tres o cuatro dedos del pie derecho de un tipo que tenía a mi izquierda.

El crupier giró la ruleta, con la profesionalidad y seriedad demostradas durante toda la noche, y lanzó la bola blanca, con un giro de muñeca magistral, por el borde invertido, girando ésta a toda velocidad en sentido contrario al del mecanismo que sostiene los números. Cuando la bola empezó a perder fuerza y declinaba hacia el centro del aparato, el crupier gritó Jetzt nicht mehr, que vendría a ser el Zurückbleiben pero referido a las apuestas, es decir, Ahora nada más.

La bola empezó a rebotar por los bordes que separaban los números, se podía oir el clic clac de los rebotes, todo el mundo se callaba cuando iba a salir un número, como si hablar en esos momentos tan tensos fuera a molestar a la pelotita, y finalmente se detuvo. Yo no veía el número desde mi posición, además la ruleta no paraba de dar vueltas de lo bien engrasada que estaba, así que esperé a que lo cantara el crupier. Zweiunddreissig, dijo. Me giré hacia Michael Caine y le dije, Me ha tocado. Él, que hasta el momento había perdido unos treinta euros, me preguntó que dónde había apostado y al señalarle yo el lugar dónde reposaban mis cinco euros en forma de ficha negra, me dijo, Man, that's a lot of money.

Efectivamente, un montón de dinero. Si habéis atendido al tema de las probabilidades de antes deberíais saber que mis cinco euros se habían multiplicado por dieciocho, dando como resultado la extraordinaria cifra de noventa euros.

El crupier empezó a retirar las apuestas que habían fallado, muchas, luego a pagar las ganancias más pequeñas y finalmente quedó mi ficha sola en medio del tapete verde, iluminada por la lámpara verde y observada por unos cuarenta pares de ojos. Se me hicieron eternos los dos minutos que tardó el crupier en reunir las fichas necesarias. La espera valió la pena. Ver cómo con ese palo de madera acercaba el montón de fichas de colores, alto como un rascacielos, junto a mi solitaria ficha fue impagable. Las fichas estaban sobre la mesa y yo debía hacer algo. Se hizo el silencio otra vez. La gente contuvo la respiración. Los niños dejaron de llorar. El piano y el violín callaron. La mujer del traje rojo y brillante se ajustó la falda, se mordió el labio inferior mientras jugeteaba con los dedos en el cazo de las fichas azules. El escote de la camarera casi reventó por el suspiro que estaba a punto de lanzar y yo, que estaba algo mal situado, le dije a Michael Caine, Acércame el dinero, por favor, que no llego.

La erótica del poder rezumaba por mis poros, mulatas con abrigos de piel, Cadillacs verdes, puros del tamaño de la torre Agbar, anillos de oro, cadenas de oro, fiestas salvajes, drogas, tráfico de drogas, la policía, un juicio, la cárcel, sodomización en las duchas... Me metí las fichas en el bolsillo y me encendí un cigarro.

Uno tras otro me felicitaron los amigos, poniendo los ojos como platos al enterarse de la cantidad de dinero que había ganado de una tacada, y yo les enseñaba el montón de fichas como si les estuviera mostrando una revista porno dentro de una iglesia. Me tomé con ellos una ronda, que pagué yo, y me dediqué a disfrutar del lugar, de la gente, de las camareras y de la chica que cambiaba las fichas. Sobre las tres de la madrugada quedábamos Michael Caine y otra chica norteamericana que no sé como se llama. El nombre de esta chica no lo he olvidado, el caso es que nunca me lo han dicho y yo nunca lo he preguntado. Decidimos irnos a casa y, bajo la lluvia, empezó a explicar esta chica que, habiendo estado en Las Vegas (Caesars Palace), y en el Casino de Montecarlo, este había sido de largo el casino más entretenido al que había ido.

Monday, April 24, 2006

Receta para una dorada al horno en diciembre

Lo primero que ha de hacer es acabar de cenar y enviar un mensaje diciendo que llegará media hora tarde. Luego ha de recoger los platos y las migas (las migas son muy importantes) y desalojar de los fogones las ollas y sartenes utilizadas.

Ha de decidir si irá con los pantalones que lleva puestos o, por el contrario, si irá tal cual, arreglado pero informal. El jersey azul con capucha azul y estampado de Santiago de Compostela es obligatorio, en eso no se aceptan variaciones. En cuanto al calzado, las opciones van desde zapatones marrones a juego con el pantalón, hasta bambas azules de treinta euros la pareja. Siendo invierno se recomiendan las bambas, no sea que se quede sin pasar frío. La chaqueta es importante que no tenga capucha, da igual el color, y a ser posible fina, que afuera no hace calor precisamente. Los guantes están prohibidos y el gorro, de color rojo, necesario y suficiente.

Truco: No olvidarse la llave del castillo. Este detalle pasa desapercibido para los principiantes.

Decir Adiós y Que tengas una buena velada a todo ser humano que se cruce en el camino desde el dormitorio a la puerta de casa. En caso de habitar con animales, un simple achuchón (o golpecito en el vídrio en caso de tener peces o camaleones) bastará. Si hay niños, dígales que es muy tarde ya para que estén despiertos y que cuando sean mayores ya comerán en la mesa.

Abra la puerta de casa con sumo cuidado (no romperla) y ciérrela despacio, procurando que después de ambas acciones su cuerpo se encuentre fuera de la vivienda. En caso de seguir dentro después del último paso, repetir el proceso a partir de la recogida de migas.

Si no dispone de ascensor, que será el caso, baje por las escaleras de manera que su energía potencial vaya disminuyendo conforme al tiempo. Si la energía no disminuye sino que aumenta, pivote sobre uno de sus pies y realice un giro de ciento ochenta grados. Si de cualquier modo la energía no disminuye, salga de la bañera y comience de nuevo desde la recogida de las migas.

Si se cruza con algún adulto en las escaleras, salude con un Buenas noches. No hay documentación que hable sobre qué hacer ante la posibilidad de cruzarse con niños o animales. En tal caso, agárrelos rápidamente y deposítelos en la bañera (recuerde pivotar de nuevo sobre uno de sus pies o cargará con ellos toda la noche). Al llegar a la puerta del edificio verá que es noche cerrada. No se asuste, es normal a esas horas. Aplique el mismo esquema descrito en el párrafo quinto para salir al exterior.

Una vez en el exterior, gire sobre sí mismo noventa grados a la izquierda y comience a andar* con paso resuelto. Durante la caminata estará bien visto que maldiga periódicamente el frío que hace con frases como, Maldito el frío que hace o Qué frío que hace, maldición. En caso de ser fumador, puede ir fumando a la vez que anda, pero procure maldecir sin el cigarrillo entre los labios.

Llegue al cruce de las dos calles acordadas y no encuentre el local. Es muy importante que no lo encuentre. Deberá pasearse arriba y abajo, maldiciendo el frío y buscando el nombre del local en los lugares más estúpidos (matrículas de coches, titulares de periódicos, bicicletas, papeleras y marcos de ventana pintados de blanco). En estos momentos deberá empezar a maldecir también el nombre del local (Maldito local ********, es lo habitual) pero no debe olvidar seguir maldiciendo el frío que hace, aunque no con tanta frecuencia.

Pasados quince minutos, diríjase al local (que se encuentra justo dónde se le había indicado) y, unos cinco metros antes de llegar, párese. Extienda los dos brazos lateralmente y levántelos, a la vez que exclama en voz alta y con los ojos como platos Pero si está aquí. Repita el proceso hasta que esté seguro de que alguien le ha oido. En caso de estar completamente solo en la calle, se le permitirá hacer una llamada para que un amigo pueda presenciar la escena.

Ande los cinco metros que quedan entre usted y la puerta de entrada y extienda el brazo hasta poder agarrar el pomo de la puerta. Aplique la técnica descrita en el párrafo cinco substituyendo “vivienda” por “calle” y “fuera de la vivienda” por “dentro del local”. Es de suma importancia que aplique ambas substituciones antes de empezar la maniobra, en caso contrario podría sufrir un shock emocional severo, desorientación y pérdida del ego.

Cuando se encuentre dentro del local, quítese el gorro rojo con la mano derecha. Reúna las dos manos a la altura de la boca del estómago (recuerde seguir agarrando el gorro) e inclínese hacia adelante ligeramente a la vez que muestra una sonrisa de comerciante fenicio. Mire fíjamente a todos los presentes, uno detrás de otro, mientras va diciendo en voz alta Ave María purísima. Repita el saludo hasta que alguno de los parroquianos le conteste Sin pecado concebida. Pase el gorro a ver si cae alguna monedilla.

Suba la escalera que le queda a su izquierda (no hay otra) y llegue a una sala repleta de gente sentada en sillas puestas en fila. Con las manos formando un megáfono, grite a todo pulmón, Marujita Díaz está repartiendo besos y firmando libros en la barra. Apártese a un lado para dejar que la marabunta en estampida desaloje la habitación. Siéntese en una de las sillas de la última fila y deje que el yo en el espejo le envenene dulcemente.

Mi fruto, mi flor, mi historia de amor, mis caricias.
Mi humilde candil,mi lluvia de abril,mi avaricia.
Mi trozo de pan, mi viejo refrán, mi poeta.
La fe que perdí, mi camino y mi carreta.
Mi dulce placer, mi sueño de ayer, mi equipaje.
Mi tibio rincón, mi mejor canción, mi paisaje.
Mi manantial, mi cañaveral, mí riqueza.
Mi leña, mi hogar, mi techo, mi lar, mi nobleza.
Mi fuente, mi sed, mi barco, mi red y la arena.
Dónde te sentí, dónde te escribí mi poema.**

Pierda el sentido, duerma profundamente, sueñe como nunca y despierte seis días después.


Ingredientes.

- Dos doradas vegetarianas de piscifactoría.
- Cuatro patatas medianas.
- Dos cebollas pequeñas.
- Dos dientes de ajo.
- Dos tomates.
- 400 ml de caldo de pescado.
- Cuatro almendras y cuatro avellanas.
- Dos copitas de vino blanco seco.
- Perejíl fresco.

Preparación.
Corte la cebolla fina y las patatas en rodajas de 5 mm. Pase por el túrmix los frutos secos, el vino, uno de los dientes ajo y el perejíl. Corte los tomates por la mitad. Marque las doradas. En una sartén dore un diente de ajo en aceite de oliva. Añada después la cebolla y cuando ésta esté dorada, añada las patatas. Cuando cambien de color, añada el caldo de pescado, los tomates y rectifique de sal. Cuando las patatas estén un poco blandas, ponga las doradas encima y rocíelas con la picada. Meter el conjunto en el horno, a 180 grados, durante ocho minutos.
Servir y acompañar con una botella de Viña Sol.

Postre a modo de epílogo

Aflora entonces un sentimiento de inutilidad bastante severo. Tras haber seguido al pie de la letra unas intuiciones que nos habían parecido ciertas e infalibles, como el que está seguro que al día siguiente saldrá el Sol, como la receta para cocinar dorada al horno, nos encontramos con un bodrio insoportable, algo que nos ahoga el estómago, que nos mata los sueños, que nos congela la sonrisa y que nos hace sentir como el único de la clase que no ha superado aquél exámen tan fácil.

Y yo me pregunto, Por qué nadie me habla claro, y yo me respondo, Quizá porque nadie sabe que debe hablarte, Pero yo sí que les hablo, Pero lo que dices no es lo que crees decir, Y luego, claro…

Uno cree haberse explicado como lo harían mil primaveras que empezaran a florecer a la vez y, esperando poder ver los primeros brotes verdes en las ramas de los árboles, se encuentra metido en pleno diciembre, con viento, lluvia y frío, y ese hambre que nunca muere.


* Andar, del latín gehen. A partir de un estado de reposo absoluto, en formación bípeda de a uno, levante con suavidad una de las rodillas hasta que su pantorrilla se encuentre paralela a la superficie sobre la que reposan sus pies y perpendicular a la otra pierna. Es importante levantar una sola de las rodillas en el proceso ya que la otra pierna ha de quedar perpendicular a la dicha superficie. Extender la pierna alzada hasta que ésta se encuentre totalmente paralela al suelo (sinónimo de superfície) e impulsarnos suavemente hasta que consigamos que, por nuestro propio peso, la pierna alzada acabe tocando nuevamente el suelo medio metro más allá. Si es nuestra cabeza la que toca el suelo antes que la pierna alzada, repetir el proceso desde el principio, procurando que el impulso que demos sea hacia adelante. La pierna que ha quedado atrás debe deslizarse, arrastrando el pie por el suelo, hasta reunirse con su homónima. Puede deslizar la pierna que ha quedado delante si se encuentra practicando y no dispone de mucho espacio. El proceso deberá repetirse hasta que se alcance la distancia deseada. En caso de necesidad de corrección de rumbo, puede aplicarse la técnica del pivote. Es recomendable ir alternando las dos piernas en la tarea del alzamiento, de manera que se produzca un desgaste equilibrado en ambas suelas de los zapatos.

** Poema de amor. Joan Manuel Serrat. 1969. Aquí se puede apreciar la influencia del cantante sobre el autor. Más tarde, en "Memorias de un cienpiés alfa: Mis circunstancias y la madre que parió a Tatami", escribiría “...por aquél entonces, en Berlín, yo escuchaba al Serrat mientras me duchaba...”.

Tuesday, April 18, 2006

Conillet de vellut

En esa casa, con esa gente. Una mesa, de madera, rodeada de piernas y codos. Conversaciones inútiles, como todas las que rodean las mesas, en casas como esas, con gentes como esas.

Alguien empezó a vivir, hace once años, en la capital de Alemania En el treceavo piso de un edificio circundado por una autopista. Treceavo piso. Tras cinco semanas viviendo ahí, no se cruzó con nadie. Ningún vecino. Nadie. Compartía piso con otras dos personas que sólo iban al edificio para dormir. No conocía a casi nadie en la ciudad. Tan sólo a dos mujeres que trabajaban en un estudio que fotografiaban cuerpos desnudos de gente mayor. Recién llegada esta quita semana, la vivienda empezó a oler peor. Él, sin muchas otras cosas que hacer, decidió a limpiar la vivienda entera. Limpió la cocina, el baño, el salón, las tres habitaciones, el balcón, la bañera, el retrete, el horno, la nevera, el balcón y, finalmente, el rellano frente a la puerta de su casa.

Dejó una nota a la gente con la que compartía el piso, He limpiado la vivienda entera, el olor no se va, no tendréis pescado por ahí escondido. Los otros, a los que nunca veía, le dejaron otra nota en la que le decían que ellos también habían notado el olor. Le agradecían que hubiera limpiado toda la vivienda. A pesar del olor, el lugar parecía mucho más civilizado ahora. Gracias.

Pasaron dos semanas más y un día alguien llamó a la puerta. Era el mediodía de un miércoles. Buenos días, soy la señora Altefrau, Buenos días, Estoy llamando a la puerta de enfrente y nadie contesta, sabe usted si la señora Fritz está en casa, Mire, señora, hace más de un mes que vivo aquí y nunca ha visto a nadie, pensaba que era el único que vivía en este edificio, No, no, aquí delante vive la señora Fritz, hace semanas que no viene a las partidas de cartas y creí que estaba enferma, he estado llamando pero nadie contesta, sabe usted algo, No, ya le he dicho que no he visto a nadie nunca por aquí, Bueno, estoy un poco preocupada, sabe, le importaría si llamo por teléfono, No, no, claro, justamente estaba preparando un te, le apetece, Sí, claro.

Alguien tiene más tabaco, Sí, coge de aquí.

Groenlandia, la rubia groenlandia, la adulta groenladia. Un currículum en el que se demuestra que la vida está hecha para echarla de menos. Yo soy de tal sitio y llevo aquí tanto tiempo. Yo soy de Groenlandia. El transiveriano. De China a Moscú. Ya ves, te lo recomiendo. Y te fundes, te prometo que te fundes.

Y me fundo, os lo prometo.

Sunday, April 16, 2006

Seniority

Es una noche de nevada y dos hombres que no se miran a la cara están, uno al lado del otro, debajo de un árbol. Uno tiene barba de media semana y un pelo negro, duro y corto, peinado con muy poco estilo y muy pocas ganas. Tiene las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta de cuero negra algo pasada de moda. Los brazos, semiflexionados, cubren una barriga que, como se supone que pasa con todas las barrigas, es portadora de felicidad y humanidad (en el sentido cuantitativo de la palabra). Piensa, está pensando, con la mirada fija en el edificio que hay al otro lado de la calle. Un cigarrillo a medio fumar, en los labios. Le pega una calada, la cara se le ilumina anaranjada, abre los labios por el costado y aspira aire, el aire arrastra el humo hasta los pulmones, tras un segundo expira, el humo sale por la boca y por la nariz, la ceniza de la punta del cigarrillo cae manchando la chaqueta. Piensa, está pensando. El otro no tiene barba. Nunca la tuvo ni la tendrá. Es barbilampiño, dicho sea con todo el respeto.

- Estoy hasta los huevos de esperar, sabes?, tengo las manos congeladas. No sé a qué cojones estamos esperando...

- Cierra la puta boca.

- Cómo que cierre la puta boca, imbécil, a mí no me habla así ni...

- Mira, subnormal, y escúchame bien, si me interrumpes por un momento, aunque sea por equivocación, te pego un tiro, te juro que te pego un tiro aquí mismo, gilipollas...mira lo que te digo: me estoy jodiendo de frío también, me encantaría estar en casa, calentito, follando con mi novia, o dejando que tu novia me la chupara, pero estoy aquí, de madrugada, en la calle, al lado del mayor subnormal que esta civilización ha visto pisar la tierra, esperando, joder, esperando a que un capullo salga de su casa, un capullo que parece que no saldrá hasta mañana por la mañana, así que, por tu culpa, por tu puta culpa. me voy a tener que pasar toda la noche haciendo guardia delante de esta mierda de casa, en esta mierda de barrio, con esta mierda de tiempo y al lado de una de las mayores mierdas que el género femenino ha parido nunca...por tu culpa estamos aquí, por tu culpa se me están congelando las pelotas y si al final, de puro agobio, acabo pegándote un tiro, será por tu culpa también...y nadie, ni siquiera tu tío, lo iba a lamentar...venga, dame un cigarrillo.

- Y tú de qué conoces a mi novia...

- Cierra. La puta. Boca.

Friday, April 14, 2006

La mañana

Era un suelo muy especial, unas baldosas blancas y negras, de unos treinta centímetros de ancho, repartidas por todo el pasillo y la cocina. Eso fue lo primero que vio Oliveira al entrar en la vivienda, un suelo que llamaba la atención, un tablero de ajedrez que sutilmente sugería que en ese lugar había que calcular cada movimiento, ir con cautela, un paso en falso y la reina sería muerta o el rey quedaría en jaque o, simplemente, matarían a un peón.

Este suelo es tremendo, le dijo a la Maga, que cerraba la puerta de la vivienda silenciosamente detrás de él.

Sin añadir más comentarios, y pasando junto a él, la Maga se quedó delante de una habitación. Oliveira, poniéndose a su lado, miró al interior. Había un tablero de madera aguantado por dos caballetes, una realización minimalista de la idea abstracta de una mesa. En la mesa había unas pocas hojas esparcidas y dos libros, nada más. En el ricón, junto a la ventana, había una cama con dos edredones, uno verde y otro naranja, y en varias estanterías repartidas sin orden por las paredes, había una gran colección de libros.

Ésta es, dijo la Maga señalando el interior de la habitación con el brazo extendido. Dudando, y a la vez intentando no pisar las baldosas negras, Oliveira entró. El suelo era de madera, menudo contraste, era como haberse transportado, tan sólo dando tres pasos, desde la década de los ochenta a la cabaña del tío Tom. Muy bien, dijo Oliveira resumiendo el porqué de las cosas como buenamente pudo y girándose sobre sí mismo para quedar de cara a la Maga, a la que miraba a los ojos.

Tienes sed, preguntó Maga y se fue a la cocina. Oliveira regresó a esa década maldita y siguió a la Maga intentando no pisar las brillantes baldosas negras. Ella sacó de la nevera una botella de zumo de naranja, le pegó un par de tragos y se la pasó a él que, apenas sorbió un poco, recordó que odiaba el zumo de naranja embotellado. Intercambiaron un par de frases que ninguno de los dos entendió y volvieron a la puerta de la habitación. Ella se dirigió al lavabo, se lavó los dientes y le ofreció un cepillo por si Oliveira también quería hacer lo propio con su dentadura.

Nunca te fíes de gente que no tenga vicios y no uses un cepillo de dientes que no hayas comprado tú.

Recordó uno de esos consejos que él mismo se había autoimpuesto hacía ya unos años y declinó la oferta, no sin dudar, ya que refrescar su dentadura era una idea bastante tentadora. No, gracias, contestó Oliveira.

Ella le dejó preparada una toalla en caso de que la necesitara, quizá podría haberse dado una ducha, pero estaba un poco desorientado con lo que estaba pasando e instintivamente intentaba hacer las menos cosas posibles. Darse una ducha, en esos momentos, sólo hubiera añadido caos al laberinto en el que se había metido. A veces, cuando ella no le podía ver, miraba a su alrededor, como si estuviera rodeado de espectadores, y gesticulaba exageradamente dando a entender que no entendía muy bien de qué iba todo esto.

Durante las últimas semanas se habían ido encontrando frecuentemente, siempre en fiestas, sin embargo apenas sí sabían algo el uno del otro o, mejor dicho, apenas habían hablado sobre ellos mismos en las pocas ocasiones que habían charlado. La última vez, esa misma noche en aquella extraña fiesta, había sido la única vez en la que habían hablado con un mínimo de sinceridad sobre ellos mismos y habían confesado sus profesiones, que resultaron ser las mismas.

Esa noche, en la fiesta, nada parecía presagiar que al despedirse de ella, le fuera ofrecida la posibilidad de pasar la noche en su casa. Puedes dormir en mi casa y mañana te vas con calma a la tuya, había dicho la Maga. Siempre pasan cosas extrañas en las fiestas y ese ofrecimiento era tan absurdo y fuera de lugar como si Oliveira le hubiera invitado a pasar la noche en su casa. Siempre se habían relacionado de manera bastante cauta, superficial y ahora, como por arte de magia, estaban en su casa. De alguna manera todo sonaba bastante bien intencionado, realmente parecía que ella estaba preocupada porque Oliveira no tenía ni idea de cómo volver a su casa, el barrio en el que estaban apenas lo conocía, y le ofrecía su casa como resguardo, le ofrecía su cueva y su lumbre. Y era por eso, también, por lo que Oliveira encontraba a esa chica fascinante.

Se metió en la habitación y se quitó la chaqueta y las bambas, dispuesto a meterse en la cama, pero la Maga apareció de nuevo en la habitación, con una especie de pijama puesto, y un tablero de ajedrez. Tienes sueño, preguntó dejando el tablero encima de la cama, No, mintió Oliveira, alucinando con lo que estaba pasando y con lo que parecía que iba a pasar. Podemos ver una película si quieres, y le enseñó tres deuvedés que había alquilado en una biblioteca.

Finalmente escogieron ver Cyrano, en versión original con subtítulos en inglés. Acto seguido ella sacó un ordenador portátil de la nada y, tras desaparecer durante diez eternos minutos, volvió con dos enormes altavoces y un amplificador. En veinte minutos estaban los dos tumbados en la cama viendo la película, que realmente era buena. Fueron comentando algunas escenas, ella aclarando alguna que otra cosa, y, finalmente, Oliveira quedó profundamente dormido.

Un grupo de chinos irrumpió en la habitación y la Maga se levantó, dando un salto, de la cama. Oliveira estaba observando, con un poco de miedo, la discusión que mantenía la Maga con ese grupo de gente. Los gritos eran horribles. Tienes que irte ahora mismo, le dijo la Maga gritando casi histérica. Él no entendía nada, pero se puso a buscar las bambas y la chaqueta. Tenía que irse de ahí.

El teléfono sonó y los dos se despertaron. Ella descolgó el auricular y mantuvo una conversación en un idioma que Oliveira apenas entendía. Cuando colgó le dijo que tenía que irse pero que si quería podía quedarse en la cama durmiendo más rato. No, no, contestó Oliveira todavía aturdido. Volvía a ser una mañana preciosa, el cielo azul se veía tras la ventana y el Sol proyectaba una luz que cubría la habitación con un manto dorado. Es lo que diría un escritor aficionado. Una amiga me ha llamado y tengo que ir a ayudarla a recoger las hojas de un castaño enorme que tienen en el jardín, si no lo hacen, aparecen unos bichos que acaban matando al árbol. Para Oliveira era como si le hubiera dicho que tenía que irse a cazar gamusinos. La cuestión era que había que irse de la casa. Descalzo, fue a lavarse la cara.

Al salir del lavabo, vio que la Maga había preparado café y se sentaron juntos en la mesa de la cocina. He tenido un sueño muy extraño, relató Oliveira sin saber siquiera si estaba despierto, entraban unos chinos en la habitación y tú me decías que tenía que irme, Unos chinos, qué raro, dijo la Maga pensativa, pero en realidad ha sido como un presagio, porque con la llamada de mi amiga también nos tenemos que ir. El café estaba delicioso y la conversación que mantuvieron fue bastante agradable. De repente se oyó una voz ronca que venía de otra habitación, otro ser habitaba en esa casa y ese nuevo dato confundió a Oliveira. Ella preparó otra taza de café y entró en esa otra habitación. Sólo oyó hablar a la Maga, puede que estuviera dando los buenos días, usaba ese idioma que él apenas entendía, y pasado un rato volvió a la mesa. Siguieron hablando y la voz ronca se oía de vez en cuando. Tal parecía que alguien estuviese agonizando.

La Maga volvió a entrar en esa otra habitación y a Oliveira ya no le quedaba ninguna duda de que la relación que tenían iba más allá de lo que supone ser compañeros de piso. La sin razón de todo aquello fue tal que Oliveira ya ni se esforzaba en entender la cosas. A la mierda, pensó, me rindo.

La Maga volvió vestida para salir a la calle y esa fue la señal, no acordada, para que Oliveira fuera a buscar sus bambas y su chaqueta. Pasó delante de esa otra habitación y se obligó a no mirar adentro, fuera lo que fuera lo que allí había, no quería verlo. Ya en la puerta del apartamento, preparados los dos para salir, ella dijo adiós en ese idioma que Oliveira apenas entendía y salieron a la calle. La mañana era radiante.

Durante el trayecto hasta la estación de metro, charlaron relajadamente, siempre charlaban
relajadamente, y se cruzaron con una manifestación. Tres zancudos iban en la cabecera seguidos por unas treinta personas vestidas unas de blanco y otras de negro, como el suelo de la vivienda, tocando unos tambores a un ritmo tétrico. Detrás de este grupo iban otras treinta personas más, completamente en silencio, marchando todos lentamente. Una mujer repartía folletos explicado por qué protestaban. Era en recuerdo de una guerra civil que hubo en el Congo.

Se despidieron con dos besos delante de la estación. Ella continuó con su bicicleta y él fue a buscar el metro. En el andén, en los paneles informativos, anunciaban un retraso en el paso de los trenes. Cada cierto tiempo aparecía otro mensaje, un enigmático Tengan paciencia. El caos se diluyó y Oliveira creyó empezar a entender el porqué de las cosas.

Thursday, April 13, 2006

Marchando, una de piratas

El cielo está encapotado, quién lo desencapotará. Me da igual. Pero que lo haga alguien. Mi reino (una bici, un portátil y un montón de ropa por lavar) por un cielo despejado. Es un decir.

Viento y lluvia fina que se cuelan por el cuello del abrigo. Jajajá, horrible frase, pero es verdad. Cielo blanco de uralita uniformemente blanca. Se ha comido el horizonte. El azul, allá arriba, se intuye. Sé que existe porque lo vi una vez, como aquel billete de quinientos euros. Las sombras se han diluido en lo mediocre del paisaje y todo es gris de nuevo. La luz viene de todos lados, las tres componentes con igual valor.

Es jueves y tengo cena latina en la capital de Prusia. Mentiré, es decir, a ver qué hago. Haré como si hubiera nacido en el Mediterráneo, como si echara de menos el mar (será fácil porque es verdad). Hablaremos del cielo encapotado, de la ironía alemana (mito o realidad). Comeremos, beberemos vino. Cantaremos. Cuba, Argentina, el ala hispánica de Alemania, uno del Clot que pasaba por ahí. Le preguntaré, Y cómo es que te has mudado de piso. Che, acabé dándole un golpe de timón a la vida, sabés, responderá, me temo. Pero, contáme, cómo fue la fiesta de cumplea~nos, me preguntará. Y ahí tendré que improvisar. Menudo desmadre.

Estoy perdiendo los papeles con las mujeres. Y parte del hígado. Es una cuestión de cooperación. Es un trabajo en equipo. Un harmonioso dar y recibir. Por un quítame esas pajas, te pasan por la quilla. Pero en el fondo somos unos sentimentales, que nos grabamos en la piel a la reina del burdel y nos la llevamos puesta a recorrer los mares. Una, dos, tres, butifarra de pagès (a la de tres, a la de tres, que tanto le daba la carne que el pescado). Y cuatro y cinco, aunque fue lo que pudo ser y no llegó a verwircklichearse, feabirgcligearse. Seis, al cine, buenas noches y mucha suerte. Siete, olalá, con el guión de la celestina. Y ahora ocho, vuit, acht, eight, huit, otto, hoy jueves por la noche, nit, nacht, night, nuit, notte. Atentos al paralelismo, tan sólo roto por el polaco en la corte de la Kanzlerin Merkel: osiem - noc. Estoy perdiendo los papeles con las mujeres. Y algo más. La paciencia conmigo mismo. Dinero no, no lo tengo. A partir de mayo ya tendré oportunidad.

Muy buenos los cómics. STOP. Mucha suerte con lo del doctorado. STOP. No podré estar. STOP. Me hubiera gustado. STOP. Con el cielo encapotado no dejan despegar a los aviones. STOP. Tampoco pueden aterrizar. STOP. Se quedan volando en círculos sobre Berlín hasta que se quedan sin combustible. STOP. Entonces se posan al otro lado de las nubes y los pasajeros pueden tomar el Sol tumbados en las alas. STOP. Sirven bebidas gratis. STOP. La verdad que es algo peligroso. STOP. Ya han aparecido tres ingleses, en ba~nador, espachurrados en mitad de la Schönhauser Allee. STOP. Me voy a fumar. STOP. END.

Tuesday, April 04, 2006

La resaca

Son poco más de las siete de la mañana y el sol apenas empieza a despuntar. Los vehículos comienzan su procesión diaria hacia los más diversos sitios. El rumor de los motores se cuela por la ventana y de la cocina llega un fino olor a café recién hecho, un olor amable, agradable, una invitación sutil a empezar el día. Un olor que él no nota, estando como está, tumbado en la cama, envuelto en una nube de vapores putrefactos. Con todos los sentidos, sobre todo el del olfato, bloqueados por la nauseabunda circunstancia de tener una rata muerta en la boca.

De repente despierta sin saber si lleva despierto más tiempo, aunque lo cierto es que se acaba de despertar, o mejor dicho, acaba de abrir los ojos, despierto no lo está del todo. Poco a poco empieza a reconocer su habitación: primero la ventana, a su lado, al lado de la cama, ve los árboles que se mecen con el viento en la calle, las nubes, grises de momento, luego ya veremos, oye los coches, sus motores y sus ruedas al contacto con el asfalto, mira enfrente y ve su sofá, el sofá verde, mira a su izquierda y, a través de la puerta medio abierta, la ve, qué hermosa, sentada en la cocina, dando vueltas al café con leche mientras, distraídamente, ojea el periódico del día.

Poco a poco su cuerpo se despierta también, ya reclama el movimiento de sus extremidades, como cualquier hijo de vecino, para incorporarse e ir a la cocina, o al baño, o simplemente cambiar de posición, pero nada se mueve, excepto sus ojos. Justo en el momento en el que intenta lanzar un quejido, una protesta por la holgazanería de su cuerpo que quiere seguir durmiendo, se da cuenta de que tiene algo en la boca. Lo primero que nota, para ser exactos, es que tiene la boca abierta y que no la puede cerrar por que tiene algo ahí metido. Una rata, flácida y muerta, sucia, despeinada, con la cabeza colgando por la mejilla derecha y la cola, larga y sin pelos, colgando por la mejilla izquierda. El cuerpo de una rata encastrado en la boca de él, una boca a punto de reventar, una rata a punto de reventar.

El pánico se adueña de sus ojos, los abre tanto que parece que se le vayan a salir de las cuencas, terrible cosa si pasara así, la imagen de alguien con una rata muerta en la boca es bastante desagradable, pero si sus ojos saltasen de las cuencas y rodasen hasta el colchón, pasando por la almohada, sería la imagen más grotesca que una mañana de otoño nos podría presentar. No pasa así, los ojos siguen en su sitio, la rata también, él también, no puede moverse. Tantea la rata con su lengua, otra cosa que podía mover, claro está que puede mover muchísimas otras partes de su cuerpo, más importantes que un brazo o un pie, cosas como el corazón, bombeando sangre continuamente, pero la lengua es lo que mueve, con asco, y poco a poco la acerca al cuerpo podrido de la rata. Lo primero que nota es el pelo, sucio, como sólo lo puede estar el pelo de una rata, y retrocede enseguida. Una enorme arcada le hace estremecerse.

De repente tiene una idea, una idea extrema, como la situación en la que se encuentra. Podría empujar la rata con la lengua para sacarla de mi boca, piensa. De repente se siente aliviado por la perspectiva de desalojar un objeto tan desagradable de su paladar, después podría pedirle ayuda a ella, tan tranquila en la cocina.

Se concentra, toma aire, los pulmones también se mueven, y tensando la lengua lo más que puede, lanza una inútil estocada al vientre de la rata muerta, o ya no tan muerta, porque el golpe que ha recibido parece haberla resucitado. Un espasmo recorre el cuerpo de la rata que parecía muerta, otro espasmo más, un chillido agudo. Las extremidades del animal se mueven agarrándose al aire, a veces a la carne de él. Es la rata la que tienen pánico ahora, se pregunta, Qué hago en la boca de este hombre, y el hombre, deseando morir para acabar con la pesadilla, está llorando, desesperado, está viviendo lo más desagradable que se podía imaginar. La rata está bien viva, cada vez se mueve con más fuerza. Los gritos del animal son cada vez más altos. De vez en cuando pega dentelladas al aire, rabiando, otras alcanza la cara de él. Una mejilla está sangrando, la de la derecha.

La rata, contorsionando todo su cuerpo, consigue salir de las mandíbulas de este hombre: disparada hacia el aire. El hombre, aterrorizado, observa, todavía con la boca abierta, como la rata sale despedida, yendo a caer justamente en su barriga. La mujer, intrigada por esos ruidos que llegan del dormitorio, se levanta y se acerca a la habitación. Poco a poco, a medida que se acerca, lo reconoce y lo ve con la cara desencajada, la boca sucia, llorando. Está ella en el umbral de la puerta del dormitorio. No ha reparado en la rata pero su corazón está desbocado, la imagen de este hombre es del todo sobrecogedora, terrible. Va a decirle algo cuando el hombre se gira y, empezando de nuevo a llorar, sin poder pronunciar bien a causa de la suciedad que le rellena la boca, le dice, Lo siento, lo siento.

Ella da un respingo, se lleva las manos a la boca y reprime el vómito. Ha visto, por fin, a la rata. Una rata enorme, sucia, despeinada, con la cola rota, una rata que se está encarando a la mujer. La rata quiere salir de ahí como sea, se siente en peligro. Se puede oír el golpeteo de las patas del animal sobre el parqué. La mujer, instintivamente, da un paso atrás y, justo cuando la rata empieza a avanzar en su dirección, se apresura a cerrar la puerta del dormitorio. La rata, no sabemos de donde ha sacado las fuerzas, da un salto enorme y pasa entre la puerta y la mujer. La rata está desesperada, si pudiera llorar estaría llorando. Salta a la mesa donde está el café recién hecho y el periódico del día. Salta de nuevo, esta vez por la ventana. Cae desde un octavo piso a la calle, como un calcetín sucio. Queda definitivamente muerta.

Hoy puede ser un gran día

En realidad ha sido un buen día.

En pocos minutos voy a cumplir treinta y, por si acaso, me abro un blog. A partir de aquí, ya veremos qué pasa.

Tras un día confuso (incluso meterológicamente hablando), la conclusión ha llegado. No diré más. Al menos, por ahora. Sólo deciros (decirme) que estoy satisfecho, que me he hecho un hueco en este mundo de empujones y codazos. Y que lo he hecho en la ciudad de los otros prodígios (los de siempre, vamos).

En este blog no sé que voy a hacer, la verdad. A parte, claro está, de dejar publicadas cosas que yo he escrito. De esas cosas tengo bastantes así que cuando no tenga nada que contar, tiraré de rentas.

Lo dicho: en breves momentos abriré la ventana de mi habitación, apartaré la cama, cogeré carrerilla desde el pasillo y, saltando a través de ella, llegaré volando a la más hermosa de las playas.

Salut!