Y qué ocurre (III)
Andó, de nuevo, hacia la entrada hasta quedar delante del mostrador. Ninguna de las dos chicas parecía prestarle atención. Decidió hablar con la de la izquierda.
- Hola. - saludó de nuevo con las manos apoyadas sobre el mármol blanco - Puedes darme una copa para el vino?
- Sí. - respondió secamente desde detrás del mostrador sin mirarle y siguió ordenando unas botellas ya abiertas.
- Has de pagar dos euros por ella. - dijo la otra mujer que, con un trapo en la mano, intentaba mantener la superficie del mostrador completamente seca - Luego te la rellenas las veces que quieras y al salir pagas lo que te parezca que debas pagar.
Acabó la frase con una amenaza fotogénica en sus ojos a la vez que dejaba de limpiar y de hacer cualquier cosa. James parpadeó dos veces y sacudió imperceptiblemente la cabeza. Buscó calderilla en los bolsillos pero lo único que encontró fue un bonito billete de cinco euros. Lo puso encima del mostrador y, deslizándolo sobre la mesa con la punta de los dedos de la mano derecha, lo acercó lentamente a su nueva interlocutora, que volvía a prestarle atención y tenía el semblante tenso. Arqueando las cejas y levantando el mentón, un gesto demasiado solemne para esa mujer en ese momento, se apropió del dinero.
- Recoge el cambio tú mismo del tarro de cristal - vagamente, con los ojos y con un dedo, señaló algo que había en el extremo izquierdo del mostrador - ...si quieres.
La mujer, incomprensiblemente hostil, le miraba desafiadoramente a los ojos, como si protegiera a su recién nacido de las manos de un psicópata. James siguió el recuerdo del dedo extendido un momento antes y encontró el tarro de cristal que, a parte de contener una buena cantidad de monedas, estaba lleno de agua. Enseguida localizó las dos monedas que necesitaba y con movimientos rápidos y ágiles, se empapó la mano derecha en el agua fría. Guardó las monedas mojadas en el bolsillo del pantalón y buscó con la mirada a la mujer. No estaba. Pasado un instante, surgiendo como un resorte, detrás del mostrador, apareció con una minúscula copa de cristal en la mano. Sonriendo orgullosa, como si hubiera ganado a las damas a un deficiente mental, dejó la copa a los pies de las manos de él.
Gracias, dijo y, dando un paso hacia atrás, contempló la colección de vinos que tenía a su disposición. Como siempre, toqueteó las botellas. Los dedos se desplazaban de un cuello a otro, haciéndolas girar hasta que la etiqueta se mostraba, y no paraba hasta encontrar un nombre que le llamara la atención. Barceló leyó esta vez y llenó los tres centímetros cúbicos que permitía aquella ridícula copa de vino.
- Hola. - saludó de nuevo con las manos apoyadas sobre el mármol blanco - Puedes darme una copa para el vino?
- Sí. - respondió secamente desde detrás del mostrador sin mirarle y siguió ordenando unas botellas ya abiertas.
- Has de pagar dos euros por ella. - dijo la otra mujer que, con un trapo en la mano, intentaba mantener la superficie del mostrador completamente seca - Luego te la rellenas las veces que quieras y al salir pagas lo que te parezca que debas pagar.
Acabó la frase con una amenaza fotogénica en sus ojos a la vez que dejaba de limpiar y de hacer cualquier cosa. James parpadeó dos veces y sacudió imperceptiblemente la cabeza. Buscó calderilla en los bolsillos pero lo único que encontró fue un bonito billete de cinco euros. Lo puso encima del mostrador y, deslizándolo sobre la mesa con la punta de los dedos de la mano derecha, lo acercó lentamente a su nueva interlocutora, que volvía a prestarle atención y tenía el semblante tenso. Arqueando las cejas y levantando el mentón, un gesto demasiado solemne para esa mujer en ese momento, se apropió del dinero.
- Recoge el cambio tú mismo del tarro de cristal - vagamente, con los ojos y con un dedo, señaló algo que había en el extremo izquierdo del mostrador - ...si quieres.
La mujer, incomprensiblemente hostil, le miraba desafiadoramente a los ojos, como si protegiera a su recién nacido de las manos de un psicópata. James siguió el recuerdo del dedo extendido un momento antes y encontró el tarro de cristal que, a parte de contener una buena cantidad de monedas, estaba lleno de agua. Enseguida localizó las dos monedas que necesitaba y con movimientos rápidos y ágiles, se empapó la mano derecha en el agua fría. Guardó las monedas mojadas en el bolsillo del pantalón y buscó con la mirada a la mujer. No estaba. Pasado un instante, surgiendo como un resorte, detrás del mostrador, apareció con una minúscula copa de cristal en la mano. Sonriendo orgullosa, como si hubiera ganado a las damas a un deficiente mental, dejó la copa a los pies de las manos de él.
Gracias, dijo y, dando un paso hacia atrás, contempló la colección de vinos que tenía a su disposición. Como siempre, toqueteó las botellas. Los dedos se desplazaban de un cuello a otro, haciéndolas girar hasta que la etiqueta se mostraba, y no paraba hasta encontrar un nombre que le llamara la atención. Barceló leyó esta vez y llenó los tres centímetros cúbicos que permitía aquella ridícula copa de vino.

3 Comments:
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