Y qué ocurre (II)
Apretó los frenos con ambas manos enguantadas. Las pastillas rechinaron al apretar las llantas y paró en la esquina poco iluminada que aquellas dos calles formaban. Eran ya más de las nueve y media. Había cogido el camino más largo para poder sacar dinero del cajero y para comprar tabaco en aquel quiosco bajo aquellas vías de metro. Había nieve blanca y brillante en las aceras del cruce. James estaba sentado sobre el cuadro, notando el calor que subía por el cuello de la chaqueta. Ni un alma. La luz anaranjada de las farolas se mezclaba con un resplandor rojizo que llegaba al exterior desde las ventanas del local. Vio una de esas cosas, una de esas hechas de metal, que están clavadas en las aceras (o que surgen de ellas). Estaba libre. Caminando a horcajadas sobre la bicicleta, se acercó con la intención de aparcar. Desmontó finalmente y colocó la rueda delantera al lado de los tubos de hierro. Se quitó la cadena que llevaba en bandolera alrededor del pecho y se inclinó para asegurar el conjunto. Maldito candado, mierda de trasto, y mientras peleaba por juntar los dos extremos del cierre, miraba distraídamente hacia el interior del local. Enseguida reconoció a Rosa Luxemburg. Pflap, pflap, pflap. Una pareja pasó a su lado, hablaban en voz baja. Ella soltó una carcajada y se llevó la mano al rostro. Pflap, pflap, pflap. Pasaron de largo. Volvió a reparar en el brillo blanco de la nieve, en el silencio y el cierre del candado hizo el esperado clic. Dio media vuelta y escuchó con atención sus pasos sobre la nieve esponjosa mientras caminaba hacia la puerta de entrada.
Entró en el local empujando la puerta blanca de madera con fuerza, como siempre había que hacer en este país. Le costó cerrarla tres intentos. Después del tercer golpe de brazo, giró sobre sí mismo y vio los muebles viejos y los sofás repletos de gente, respiró el humo del tabaco. Las voces eran realmente un contraste con el silencio del exterior. También lo era la luz rojiza y la calefacción. Los techos eran altos y las cortinas rojas y densas, unos pocos taburetes altos para unas pocas mesas altas. El resto... Los vasos de vino en el centro de todas las conversaciones, junto con los ceniceros. Un lavabo en el sótano. Etcétera. Nada nuevo.
En la entrada, justo a su izquierda, detrás de un pequeño mostrador de mármol, dos mujeres estaban abriendo botellas de vino tinto, blanco y rosado. Las de tinto quedaban abiertas sobre la mesa, encima del mármol lleno de manchas rojas. Las de blanco y rosado en una fuente de fruta que usaban como cubitera. Hola, dijo mirándolas por turnos, primero a una, luego a la otra. No esperó respuesta, no tenía sentido disimular, así que, directamente, se acercó a la mesa que había localizado desde afuera. Tres pasos a la derecha y se encontró delante de mucha gente que no conocía de nada. Entre ellos estaba Rosa Luxemburg. Habían compartido cama e invierno durante todo el fin de semana pasado, de manera que fue a la primera persona a la que sonrió. Ella le devolvió la sonrisa sin saber qué hacer con las manos y, apresuradamente, se puso a hablar con la persona que tenía a su derecha. Todo el mundo en aquella mesa parecía estar mirándole ahora y él sonrió con cortesía fallida a todas las caras. Algunas caras le devolvieron la sonrisa, otras siguieron comiendo sopa o cus-cus, el resto simplemente miraba. Giró la cabeza hacia el mostrador de mármol. Las dos chicas ya no abrían botellas. Hablaban entre ellas. Volvió la mirada al grupo de gente que tenía delante. La mesa ante la que estaban reunidos, completamente rodeada y atravesada de piernas, era muy baja, así como las butacas en las que estaban todos sentados. Él seguía allí, de pie. Las caras habían vuelto a la normalidad: comían, fumaban, hablaban y bebían vino. Nadie le prestaba ya ninguna atención. Se quitó los guantes y el gorro. Después de volver a sonreirle a ella, siguió quitándose la chaqueta y el jersey que llevaba debajo. Había ahora un hueco a la derecha de la chica, en un extremo de aquel sofá petrificado de polvo verde, y le hicieron señas, con manos y sonrisas, para que se acercara. Se acercó. Hola. Hola. Dejó las prendas que se acababa de quitar en el hueco que ella le había preparado y, excusándose torpemente, se fue al mostrador de la entrada a buscar una copa llena de vino tinto.
Entró en el local empujando la puerta blanca de madera con fuerza, como siempre había que hacer en este país. Le costó cerrarla tres intentos. Después del tercer golpe de brazo, giró sobre sí mismo y vio los muebles viejos y los sofás repletos de gente, respiró el humo del tabaco. Las voces eran realmente un contraste con el silencio del exterior. También lo era la luz rojiza y la calefacción. Los techos eran altos y las cortinas rojas y densas, unos pocos taburetes altos para unas pocas mesas altas. El resto... Los vasos de vino en el centro de todas las conversaciones, junto con los ceniceros. Un lavabo en el sótano. Etcétera. Nada nuevo.
En la entrada, justo a su izquierda, detrás de un pequeño mostrador de mármol, dos mujeres estaban abriendo botellas de vino tinto, blanco y rosado. Las de tinto quedaban abiertas sobre la mesa, encima del mármol lleno de manchas rojas. Las de blanco y rosado en una fuente de fruta que usaban como cubitera. Hola, dijo mirándolas por turnos, primero a una, luego a la otra. No esperó respuesta, no tenía sentido disimular, así que, directamente, se acercó a la mesa que había localizado desde afuera. Tres pasos a la derecha y se encontró delante de mucha gente que no conocía de nada. Entre ellos estaba Rosa Luxemburg. Habían compartido cama e invierno durante todo el fin de semana pasado, de manera que fue a la primera persona a la que sonrió. Ella le devolvió la sonrisa sin saber qué hacer con las manos y, apresuradamente, se puso a hablar con la persona que tenía a su derecha. Todo el mundo en aquella mesa parecía estar mirándole ahora y él sonrió con cortesía fallida a todas las caras. Algunas caras le devolvieron la sonrisa, otras siguieron comiendo sopa o cus-cus, el resto simplemente miraba. Giró la cabeza hacia el mostrador de mármol. Las dos chicas ya no abrían botellas. Hablaban entre ellas. Volvió la mirada al grupo de gente que tenía delante. La mesa ante la que estaban reunidos, completamente rodeada y atravesada de piernas, era muy baja, así como las butacas en las que estaban todos sentados. Él seguía allí, de pie. Las caras habían vuelto a la normalidad: comían, fumaban, hablaban y bebían vino. Nadie le prestaba ya ninguna atención. Se quitó los guantes y el gorro. Después de volver a sonreirle a ella, siguió quitándose la chaqueta y el jersey que llevaba debajo. Había ahora un hueco a la derecha de la chica, en un extremo de aquel sofá petrificado de polvo verde, y le hicieron señas, con manos y sonrisas, para que se acercara. Se acercó. Hola. Hola. Dejó las prendas que se acababa de quitar en el hueco que ella le había preparado y, excusándose torpemente, se fue al mostrador de la entrada a buscar una copa llena de vino tinto.

5 Comments:
El bar que describes me suena, hay algunos detalles en la descripción que me dan sensación de familiaridad. ¿Estabas pensando en alguno en concreto cuando lo escribiste? Yo rondaba bastante por los alrededores de la Rosa-Luxemburg platz...
El bar en cuestión es una Weinerei que hay en la Fehrbelliner Str. Relativamente cerca de la Rosa-Luxemburg Platz.
Puede que estuvieras allí, es bastante conocido, aunque, la verdad, más de la mitad de los bares de Berlín se ajustan a esa descripción.
Salut!
Nice colors. Keep up the good work. thnx!
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Very pretty design! Keep up the good work. Thanks.
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I find some information here.
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