Tuesday, May 09, 2006

Si la muerte pisa mi huerto

Vestido con bata blanca, el doctor, porque tal parecía, se dirigió al grupo de personas que aguardaban juntos en la sala de espera de paredes blancas. El grupo de gente era heterogéneo aunque todos de edades parecidas. Mujeres y hombres rondando, por arriba y por abajo, los treinta años. Todos estaban bastante inquietos y ninguno mantenía la mirada al doctor por más de dos segundos.

Con voz grave y segura pidió un momento de atención, ruego totalmente innecesario ya que ninguna de esas personas había estado tan atenta antes. Anunció que inmediatamente daría inicio a la explicación del ejercicio. Todas y cada una de las personas que delante de él estaban se agitaron nerviosamente, cambiaron la posición de los pies de manera torpe, se frotaron las manos húmedas de sudor, alguno resoplaba hiperventilándose de manera ruidosa, a otros se les llenaron los ojos de lágrimas y en la cara de todos ellos se podía leer la palabra angustia.

Sin decir nada, sacó un objeto de metal del bolsillo derecho de la bata blanca. Plano y de color gris brillante, tenía la forma característica de un abridor. Un extremo estrecho que se ensanchaba en la otra punta, donde había un agujero ovalado. La gran diferencia con un abridor corriente era el tamaño, pues el artilugio que estaba presentando era unas dos o tres veces más grande. Además, a los lados, en la parte ancha, había unos ganchos que, formando una ele, salían hacia afuera y hacia abajo. En realidad parecía totalmente inofensivo.

Dio un paso adelante mientras anunciaba que, como ya sabían, debía elegir a uno de ellos para hacer la demostración. Sostenía el objeto de metal en alto mientras posaba su mirada en los presentes, decidiendo quién sería el elegido. Finalmente se quedó mirando fijamente a un joven delgado al que le temblaban los labios. El pobre se quedó blanco cuando vio que el doctor avanzaba hacia él. Sin más explicaciones le ordenó que abriera la boca.

El pobre joven abrió tímidamente la boca, sin saber exactamente que es lo que estaba pasando. El doctor, con gesto serio, le agarró la mandíbula por debajo, con la mano izquierda, y le forzó a abrir completamente la boca provocándole así una mueca horrible. Al joven le temblaban las piernas y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Con los ojos desorbitados miraba el objeto de metal que todavía mantenía alzado el doctor. El resto de la gente se hizo a un lado con el corazón en un puño.

El doctor, con un gesto entrenado, colocó sobre los dientes de la mandíbula inferior el objeto de metal. Todas las piezas dentales quedaron cubiertas por el artefacto y los ganchos de los extremos quedaron perfectamente acoplados, como un guante, entre las dos últimas muelas de cada fila de dientes. La parte estrecha quedó apoyada en los incisivos y unos tres o cuatro centímetros de metal asomaban más allá del labio inferior. El doctor volvió a mirar al resto de gente y asintió con la cabeza. Fijó su mirada en el joven y le acarició la mejilla. Con un golpe de muñeca extremadamente rápido, golpeó secamente el metal que asomaba por encima del labio y un desagradable ruido inundó la estancia. Los ganchos habían hecho palanca sobre las muelas y toda la dentadura se resintió. Al joven se le doblaron las rodillas y hubiera caído al suelo de no ser por que lo agarró el doctor con firmeza. Le retiró el objeto de la boca y dejó que se sentará en el suelo.

Recostado en la pared, sin poder pestañear de los secos que tenía los ojos, cerró la boca. Al entrar en contacto las dos mandíbulas notó que ninguno de sus dientes estaba agarrado ya por las encías. Muelas, colmillos, premolares, todas la piezas temblaban. Algunas se le salieron del sitio. Aquello era como un castillo de naipes durante un terremoto. Era inevitable, la boca se le llenaba de dientes caídos. Se tapó la boca con la mano.

En grupo y silenciosamente fueron saliendo el resto de personas de la habitación. El doctor fue el último en salir y apagó la luz tras él. El jovén quedó solo, recostado contra la pared, sin entender por qué le habían arrancado toda la dentadura. A través de un cristal podía ver a las personas que antes habían estado con él. El doctor estaba con ellos y los iba abrazando mientras lloraba. Todos lloraban y le lanzaban miradas de tristeza a través del cristal.

2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

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2:45 PM  
Anonymous Anonymous said...

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3:58 AM  

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